Nadie y las dos aguas

No sabía lo que había al otro lado de esas aguas.

Sabía, eso sí, que sólo el viento fecundaba las amapolas de los campos que había dejado atrás, y no siempre a sus espaldas.
Sabía, también, que desde que había hecho de su oficio la espada, nunca la había vuelto a envainar seca.

No sabía lo que había al otro lado de esas aguas. Vio a la mujer sin saber que la estaba mirando, y cuando lo supo, también supo que ella lo había mirado más adentro que lo recomendable.

Sabía, eso sí, que Ítaca era apenas un recuerdo en la memoria del mar, como Penélope lo era ahora de su pensamiento.
Sabía, también, que todo lo que la carne desea debe pagarlo al precio del alma. Aún así, mantuvo la vista en la mirada de la mujer y descubrió que el agua que lo rodeaba también estaba en ella, que el agua era Ella.

No sabía lo que había al otro lado de esas aguas; la mujer le habló, o él le habló a Ella, eso tampoco lo sabe, o si lo sabe no lo recuerda, o no le importa, lo que viene a ser lo mismo.

Supo, eso sí, que nadie había logrado tañir ecos adentro de su alma como ahora lo hacía esa mujer a la orilla de esas aguas, de esa agua que ella era.

Supo, también, escuchar la voz de la mujer dentro de sí mismo, escuchar el agua correrle alma adentro y adentro mismo de la sangre. Sentir las dos aguas inundándolo por completo, saber que luego de haber atravesado el Thalassa durante siglos, se ahogaría en una laguna por voluntad propia; por prepotencia de la ternura de esa agua, de su dueña, de todo lo que Odiseo sabía y de todo lo que había ignorado siempre.

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Prólogo de “Diccionario del Argentino Exquisito” de Adolfo Bioy Casares

Encontré la mayor parte de las palabras que reúne mi diccionario, en declaraciones de políticos y gobernantes. Alguien me dijo que sin duda las inventaron en un acto de premeditación a manera de baratijas para someter a los indios “porque el embaucador desprecia al embaucado”. Yo no quiero disentir, pero sigo pensando que detrás de cada una de estas manifestaciones de afectación, ligeramente sorpresivas y ridículas, ha de haber un señor vanidoso, que se desvive porque lo admiren. Lo sé por experiencia. En la época de mis comienzos literarios, yo era capaz de violentar un relato o una argumentación, para encontrar la oportunidad de escribir lo porvenir (en lugar de el porvenir, que según Baralt era incorrecto), figurero (que Azorín proponía para reemplazar snob), dél y dellos (por de él y de ellos). Probablemente pensaba que alguna vez, en algún libro, se diría “Bioy usó la expresión”.

El mundo atribuye sus infortunios (¿me aparto del tema?) a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que subestima la estupidez.

Es curioso el hecho de que tanta gente, en una época de penuria como la actual, se vuelque a la tarea de enriquecer el vocabulario. Frenéticamente inventa palabras, o las desentierra de libros (¿no es increíble?) donde dormían el sueño de los muertos, o les confiere acepciones forzadas incorrectas, fantasiosas, pero nuevas. Piensa tal vez que no sólo de pan vive el hombre y que afligidos por infinidad de privaciones, a lo mejor encontramos alguna compensación, o, por lo menos, consuelo, enla certidumbre de que a cualquier hora del día o de la noche podemos recurrir a las palabras fractura, estructura, infraestructura, para no decir nada del verbo escuchar, que indudablemente ha de engolosinarnos, porque no se nos cae de la boca.

Quienes profesamos afecto por nuestro idioma -al fin y al cabo, hablándolo recorrimos la vida-, estamos un poco alarmados por las consecuencias de esta invasión de voces nuevas; como representan, según mis informes, entre el diez y el veinte por ciento de nuestro vocabulario corriente, pregunto si no le alterarán el tono y aun la índole. Todavía en los años que nos toca vivir vamos a justificar una frasecita muy argentina, que siempre hemos repetido sin creer demasiado lo que decíamos: “Nosotros hablamos mal”.

En el proceso de escribir, la elección de palabras y la correspondiente, o eventual, consulta de un diccionario dan ocasión a errores muy conocidos. Algunos fueron señalados tan insistentemente que su reaparición desconcierta. Quizá no estaba descaminado el español que aseguró: “No cometemos muchos errores. Lo que pasa es que muchas veces cometemos los mismos: una media docena que desde el principio del mundo andan dando vueltas”. Para que nos admiren por la riqueza del vocabulario, molestamos al lector con palabras que no entiende; o con palabras que entiende, pero que son rebuscadas, como deleto por borrado, aguardo por espera, idóneo por útil, precipitación por lluvia; o que están fuera de lugar, como corcel junto a gaucho. Para alcanzar la admiración por el manejo de palabras exactas (los amigos del mot juste no previeron las consecuencias de su prédica) se engendran fealdades complicadas, como microexperiencias ferrourbanísticas, o desvaídas, como la planta tipo de los arquitectos. Para dar más prestigio a una acción, para conferir un ascenso (nominal siquiera) a una persona o a una cosa (como cuando llamamos cabo al vigilante que nos hace la boleta) o nada más que por afición a la pompa, echamos mano de optimizar, consubstanciados, los recaudos que hacen a mi función, empleado de casa de renta, con mi proverbial modestia me retiré a mis aposentos. Porque somos extremadamente exquisitos preferimos equívoco a error, subsiguiente a siguiente, disenso a desacuerdo. Descienda por la parte trasera a Baje por atrás (he leído los dos letreros en el mismo colectivo; el simple, en letras pintadas, y el exquisito, en el aviso de una agencia de publicidad).

Hay quien supone que si tiene a mano el Diccionario de la Real Academia escribirá bien. La verdad es que podrá escribir mal con palabras registradas en ése o en cualquier diccionario. Tal vez los de sinónimos sean los más peligrosos; nunca deberíamos emplear palabras en que el sinónimo se transparenta.

Acudo al “obeso amigo” (como llamaba Mastronardi al diccionario de la Academia) y encuentro al azar: bobillo, blasmar, estique, estiván, latria, launa, marcola, mastagón, masticimo, nuégado, opugnar, palabrimujer, pañizudo, rucho, sucoso. ¿Quién escribiría esas palabras en una página, no paródica, sin que se noten como escritas en tinta colorada? El senador Fulano de tal, probablemente, si las descubre en este prólogo…

El culto de la riqueza de vocabulario va acompañado por el temor, generalmente ridículo, de repetir palabras. En trance de evitar repeticiones, sometemos al lector a un régimen de sobresaltos, como si destapáramos monigotes de resorte; el decaído carnaval de la primera línea reaparece en la segunda como dios o rey Momo, el ladrón como caco y en un breve párrafo planteamos un enigma policial en el que no se sabe quién es quién, porque sucesivamente disfrazamos a Homero de bardo ciego, de padre de la épica, de autor de la Ilíada, de rapsoda numeroso y de ocasional dormilón.

Desde luego las palabras no son más que un elemento en el arte de escribir. El que dice lo que se propone, de manera eficaz y natural, con el lenguaje corriente de su país y de su tiempo, escribe bien. ¿Después de “corriente” habría que intercalar “entre la gente culta”? No sé. Es tan difícil determinar quién es y quién no es culto. Debemos casi todas las palabras de este diccionario a gente supuestamente culta.

Hay que reconocer que en materia de idioma son decisivos algunos conceptos que irritan nuestra impaciencia racionalista. El concepto de uso, que es fundamental, está vinculado a circunstancias temporales, que nos parecen más propias de rápidos modistos y de astutos decoradores que de un escritor: lo que ahora se usa, lo que todavía no se usa, lo que ya no se usa, como en el consejo de Alexander Pope: no ser los primeros en tomar lo nuevo, ni los últimos en descartar lo viejo.

De los intentos de racionalizar el idioma, ninguno es feliz. Los más notorios desembocan en la escritura fonética, “ortografía obsena”, según Beerbohm, una forma de barbarie que borra las huellas de la historia.

Me parece que ha llegado el momento de confesarlo: yo no ignoro que el Diccionario defiende una causa perdida. Muchas palabras admisibles para nosotros, en algún momento sorprendieron de manera tan ingrata como ahora enfoque o impactación. Qué digo muchas: todas, probablemente, desde el día que hubo alguien capaz de notar los cambios del idioma. Estrépito, estupor, patíbulo, truculento, a principios del siglo XVII enojaron a Quevedo, que las transcribe como ejemplos de la culta latiniparla. Bentham, en 1780, se excusa por introducir en el inglés la palabra international. Para gente de la generación de mi padre, farmacia, en lugar de botica, era una afectación, y actualmente hay observadores que se preguntan por qué secreta virtud la palabra despensa realza y reemplaza al almacén de la esquina.

También es inevitable el cambio de sentido de las palabras, a través del tiempo. Sirvan de ejemplo las variaciones de mythos, mito, en la literatura griega. Según leí, en la Ilíada significa palabra o discurso y, en textos ulteriores, sucesivamente consejo u orden, dicho o proverbio, cuento o narración. Creo recordar que la oposición entre historia verdadera y leyenda o mito (mythos), aparece en el siglo V, en Píndaro y Herodoto.

Considero que este diccionario no es inútil si pone en evidencia el engolamiento de quienes adornan sus ideas y su estilo con la falaz pedrería de programática, de acervo, de coyuntural, etc. La próxima vez, cuando estén por estampar alguna de esas palabras lujosas, quizá recuerden y vacilen… Mejor no soñar. Bástenos la seguridad de haber participado en el esfuerzo, que a todos nos incumbe, de restituir siquiera precariamente el buen sentido en este mundo propenso a la locura. Ya sabemos que algunas palabras de nuestro diccionario entrarán y quedarán en el idioma; evitemos, por lo menos, que entren todas juntas.

Mis reparos al empleo de esas palabras, desde luego se refieren al idioma escrito (los discursos y los comunicados a la prensa, por lo general se escriben). ¿Quién soy yo para censurar a nadie porque de vez en cuando recurra a una de ellas en la conversación? Me ha parecido siempre que al hablar somos todos malabaristas, más o menos habilidosos. A un tiempo hay que pensar, elegir las palabras, ordenarlas en oraciones que fluyan con naturalidad, que respeten la sintaxis y que sirvan a nuestros fines. Muchas veces, para no tener esperando al interlocutor, me he resignado a decir que una película es bárbara, un elogio deplorablemente vago, o que yo estaba lleno de entusiasmo, lo cual sugiere que soy un recipiente repleto de quién sabe qué… Cada cual repite los términos que recuerda en el momento.

La vena satírica del librito me indujo a incluir en sus páginas algunas voces que si no pertenecen a la jerga del título, comparten con ella una incomprensible popularidad en el país. Encontrará, así, el lector, argentinismos difundidos, como familiar por pariente, los vocativos mamá, papá, mami, papi, aplicados por los padres a los hijos, piloto por impermeable, la expresión de novela y otras. Como los límites de las jergas no son precisos, también pudo deslizarse alguna palabra del lunfardo; o alguna de las palabras usadas por ciertos grupos, tal vez tan notorios, como efímeros, de muchachos de nuestras ciudades. Acerca de los chetos (uno de esos grupos) y de su vocabulario, he leído un valioso estudio de Carlos Cerana, Enrique De Rosa y Carlos Rodriguez Moreno.

En su primera edición de 1971, el Breve diccionario fue publicado con el seudónimo Javier Miranda, de un servidor, y con el pie de imprenta Barros Merino, de Jorge Horacio Becco y de Jorge Iaquinandi. Estos amigos generosamente me han devuelto la libertad de reeditarlo. Les reitero mi gratitud.

Agradezco a Martin Müller, a Claudio Escribano, a Fernando Sorrentino, a María Magdalena Briano, a José Barcia, valiosas listas de palabras.

Ahora el librito sale corregido, muy aumentado y con este nuevo prólogo.

Ojalá que algún día encuentre su lugar, en alguna biblioteca, junto al Septimio de Manuel Peyrou, a los escritos de Landrú, al Vocabulaire Chic de Jean Dutour, al Dictionnaire des idées reçues ou Catalogue des opinions chic de Gustave Flaubert y al Sotissier de Voltaire.

Adolfo Bioy Casares
Buenos Aires, marzo de 1978

Posdata. Hablé con un viajero. Las noticias que trae del Norte me obligarán quizás a rever más de una firmación del prólogo; pero el libro está en prensa y es tarde para correcciones. Logré, sin embargo, introducir esta posdata.

Circularía por aquel vasto y lejano país un dialecto similar a nustro argentino exquisito, llamado el officialesse. Lo inventaron escritores mercenarios que redactan discursos y declaraciones para gobernantes, políticos y burócratas. Parece verosímil que allá inventaran eso; también que nosotros lo imitemos.

Noté que me corroía el despecho. No es para menos: ni siquiera han de concedernos la originalidad de nustros errores. Pregunté cuándo apareció el officialesse. Aprovechando la vacilación del interlocutor, a toda velocidad afirmé que nuestro argentino exquisito ya existía hará cosa de diez años. Toda una tradición, bastante nueva quizá, pero más larga que otras tan respetables como el Día del Abuelo.

-Si lo que andamos buscando son ideas extrañas -dije sin comprender que el planteo no era convincente- ¿por qué no admitir que en determinados momentos, en las más apartadas regiones, ocurren los mismos fenómenos?

Otro viajero, que venía de Europa, terció a mi favor, con la siguiente novedad:

-Una jerga parecida a la que circula entre nosotros, invade actualmente a Inglaterra. Hasta hicieron un diccionario especial.*

-El autor debe ser de un alter ego -murmuré.

-Un chiflado -contestó. No creas que las cosas andan mejor en Francia. La empresa de subterráneos de París llama al boleto, óigame bien, al simple boleto, Título de Transporte. En la entrada de un ramal nuevo se lee: Tarificación especial. Es admirable cómo el público entiende enseguida que debe pagar más. Y dejando de lado los subterráneos, todo francés, para comprender cualquier cosa, pregunta cuáles son las coordenadas.

-Nuestros parámetros -exclamé.

Los que siempre descubren conspiraciones, son muy capaces de sentirse alentados por estas noticias.

Posdata II. Agradezco a Patricio Randle, a Ricardo E. Alvarez, a Santiago I. Rompani, a Daniel Martino, a Alfredo Serra y a mi viejo amigo Enrique Lagos, las palabras y las observaciones que me enviaron para mejorar este diccionarios.

A.B.C.

* Kenneth Hudson, The Dictionary of Diseased English, Londres, 1977.

Extraído del Diccionario del Argentino Exquisito, Emecé Editores, 1990. I.S.B.N. 950-04-0956-9

El Poder de la Palabra y el Lenguaje Secreto de las Mujeres

 “Lo que no está escrito no existe”; escribí recientemente en mi cuenta de Twitter. Un seguidor de uno de mis seguidores replicó: “Pienso luego existo, no escribo luego existo”. La contestación que elegí para hacer la contra-réplica, fue acorde al espíritu que me movió a escribir el tuit original: “El pensamiento, por sí mismo, no sirve como prueba de existencia”. Es decir, cambié el punto de apoyo de la discusión, él hablaba de existencia fáctica; yo, de existencia comprobable.

 El seguidor de mi seguidor (nobleza obliga) volvió a preguntarme si hablábamos de existencia o de prueba de existencia durante el desarrollo del presente artículo.

 Es curioso, soy uno de los primeros en admitir que el “Cogito ergo sum” es una de las catástrofes de la Edad Moderna. Cartesius pergeñó con su frase la paternidad de todos los racionalismos (el nefando positivismo incluido) los que, a mi juicio, devinieron en esta civilización tecnolocrática que hoy hegemoniza nuestra cultura y de la que claramente abjuro. Cabe señalar que la única forma que encontró René Descartes de legarnos su célebre “pensamiento”… fue mediante una frase “escrita”.

 Muchos otros pensadores han elegido diferentes idearios a los de Descartes, e incluso otros optaron por llanas refutaciones al sistema filosófico del Francés. En definitiva, no deja de ser el paradigma de un esquema de pensamiento que reflejaba los destellos de las mentes cultas de los hombres del Siglo XVII. Vale decir, un paradigma que algunos podrán considerar refutado y otros irrefutado, pero al que -me parece- no se le podrá despojar su carácter anacrónico.

 De cualquier modo, otro lauro que la frase del francés ha conseguido en nuestros tiempos, es la de Lugar Común, la de Cliché, la de Frase Hecha. Esa degradada categoría de oración que, a fuerza de repetirse, termina vaciándose de sentido y significado. Idéntico lauro es el que tiene la otra frase, la que disparó el debate y este artículo: “Lo que no está escrito no existe” es también una Frase Hecha escuchada hasta el cansancio en los ámbitos empresariales; especialmente en las áreas que se dedican al desarrollo de Procesos de Gestión o de Gestión de la Calidad. Los ortodoxos de esta curiosa elite, tienen esta frase permanentemente adosada al costado de sus labios para usarla a discreción cada vez que se encuentran con una actividad que se lleva a cabo en sus compañías, pero cuyos detalles no estén reflejadas en un procedimiento escrito de acuerdo a las famosas Normas ISO.

Para ir cerrando esta introducción resta aclarar, taxativamente, que el debate no es, si la existencia depende de lo escrito o del pensamiento. Si así fuera deberíamos anular esa parte de la existencia de la especie que llamamos Prehistoria, precisamente, por la incapacidad que esos seres tenían para contarnos su existencia, a través de la palabra escrita.

 Yo creo que la palabra no sólo comprueba la existencia del pensamiento, sino que lo promueve a un sitial de posibilidades infinitas. No olvido, por ejemplo, que para la tradición de las grandes religiones monoteístas (Judía, Cristiana e Islámica) el mundo fue creado por el poder de La Palabra de Dios… “Y Dios dijo: hágase la luz”; “En el principio era el Verbo, y el Verbo se hizo carne”.

 La palabra escrita, además, otorga adiciones al pensamiento humano que no le brinda la palabra hablada: lo ordena, lo organiza, le infecta temporalidad, lo torna lógico y, lo más importante… el don más precioso que la palabra escrita le otorga al pensamiento y a la existencia: Los Trasciende.

Algunos dirán (muchos) que la poesía oral es anterior a la palabra escrita y que hay versos que se transmitieron por generaciones de aedos, antes de las tablillas de cerámica y del papiro. No vengan a enrostrarme eso justamente a mí, que desde hace 3.200 años he visto el apogeo y la caída de imperios y culturas. Les aseguro que antes de dos generaciones cualquier conocimiento oral que se transmita es tergiversado acorde al contexto del recitador oral de turno. Ustedes conocen de mí gracias a Homero y muchos como él que recogieron la tradición oral de poetas analfabetos. ¿Resultado? Los combates narrados en La Ilíada están descritos de acuerdo a cómo se combatía en la época de Homero (varios siglos después) y no como efectivamente los llevamos a cabo en el 1280 AC. Este es sólo un ejemplo, el relato homérico incurre en muchísimos otros hechos asincrónicos que no viene a cuento ahora señalar. El único conocimiento oral al que se le podía dar algún tipo de crédito sería el de las genealogías… pero sólo hasta cierto punto, quien lea en la escritura sagrada las genealogías del tal Yeoshua Benjamita que luego sería conocido como Jesucristo, descubrirá que dos diferentes evangelistas detallan dos genealogías bien diferentes entre sí. Los defensores de la escritura alegarán que una es la paterna y otra la materna. Yo no estaría tan seguro, y hasta me atrevo a arriesgar que si un tercer evangelista hubiera detallado una tercera genealogía de Jesús, estos defensores dirían que esa tercera genealogía es la del burro que acompañó a José y María hasta el pesebre de Belén.

 Está claro que ninguna palabra (sea hablada o escrita) es una garantía de veracidad o de condescendencia con la realidad, en especial cuando de relato histórico se trata. Pero si ustedes conocen algo acerca de mí; es porque alguien, alguna vez en el tiempo, cinceló en una tablilla de barro cocido la palabra Ὀδυσσεὺς.

 Hasta allí, hasta ese punto detrás de las helenas letras de mi nombre, la introducción tan  necesaria como innecesariamente larguera; lo sé, perdón por eso. Ahora lo sustancial del asunto, el verdadero poder de la palabra.

Uno de los logros de los que se jactan la mayoría de los gobiernos occidentales de estos tiempos, es el de haber hecho retroceder casi hasta su borde de extinción al Analfabetismo. Es una cínica falacia.

Siempre sostengo que una verdad a medias hace mucho más daño que una mentira completa. En una mentira completa uno advierte enteramente lo falaz. En una verdad a medias la mentira está escondida, es una verdad hipócrita; vale decir: una mentira disfrazada de verdad. El cuento de “Estamos casi terminando con el analfabetismo” es, quizás, la peor de todas las verdades a medias.

 Lo oculto, lo que no nos dicen las autoridades de casi todos los gobiernos de occidente, especialmente los de América Latina, es que las formas de educar y las de aprehensión de conocimientos hoy en día, han adquirido tal complejidad que ya no nos basta con saber leer y escribir para la adecuada interpretación del mundo en el cual vivimos y del cual formamos parte.

 Existe un eufemismo atroz para llamar a los individuos que saben leer y escribir pero que no tienen la menor idea de qué hacer con ello, o el poder que eso les otorga. Los llaman Analfabetos Funcionales. Es decir, se los considera funcionales; por tanto, cabe la atrocidad de suponer que para los gobiernos es mejor que permanezcan así, en esa ignorancia interpretativa de su mundo, ¡pues así el sistema funciona!

Hasta en Wikipedia (uno de los más grandes propulsores de Analfabetos Funcionales de este tiempo) existe esta definición sobre ellos: “Una persona analfabeta no sabe leer ni escribir. Un analfabeto funcional, en cambio, lo puede hacer hasta un cierto punto (leer y escribir textos en su lenguaje nativo), con un grado variable de corrección y estilo. Un adulto que sea analfabeto funcional no sabrá resolver de una manera adecuada tareas necesarias en la vida cotidiana como por ejemplo rellenar una solicitud para un puesto de trabajo, entender un contrato, seguir unas instrucciones escritas, leer un artículo en un diario, interpretar las señales de tráfico, consultar un diccionario o entender un folleto con los horarios del autobús”.

 Un hecho doloroso más, cabe señalarse respecto de esto. En Argentina, desde hace tiempo, algunos docentes han comprendido la gravedad e incidencia de esta situación. Al punto de notar que los alumnos que egresaban de la escuela secundaria (paso previo al ingreso a la Universidad) eran, en una asoladora mayoría, Alfabetizados Disfuncionales (Este es el término con el que prefiero llamarlos, ya que es más auténtico y reconoce el fracaso del sistema en lograr funcionalidad en su tarea de alfabetizar a sus ciudadanos). Este grupo de docentes, tras largo batallar, ha logrado que en casi todas las universidades públicas, magisterios y profesorados terciarios; sea obligatoria la cursada previa al ingreso a la carrera, de un curso de Lecto-Escritura, que presuponía salvar esas falencias en el acervo de los alumnos. El problema surgió cuando la mayoría de los alumnos, en la etapa evaluativa de este curso, no llegaban a salvar con éxito ni siquiera el sesenta por ciento de los contenidos básicos requeridos para su aprobación. La solución fue que la evaluación no fuera segregatoria, y que los alumnos suplieran los objetivos no alcanzados en el curso de Lecto-Escritura durante la cursada de los primeros años de sus carreras universitarias. Tan altas hubieran sido las estadísticas de reprobados, que hacerlo de otro modo, hubiera atentado contra el ingreso irrestricto, del cual tradicionalmente se jacta la Universidad Pública Argentina.

En el norte de Italia, a menos de 50 Km. al oeste de Venecia, se encuentra Pádova; ciudad en la que en 1935 nació el escritor Ferdinando Camon. Uno de esos escritores urticantes que suelen ganar unanimidad entre los críticos de cualquier extracción. Ferdinando Camon dirá de ello: “Escribí en muchos diarios italianos, y en todos estoy censurado: desde la “Unitá” al “Observatore romano”, del “Corriere della Sera” a “Paese-Sera”, al “Giorno”.

Supe de la existencia de Camon en 1985, cuando “Liberation” hizo una encuesta a 400 escritores para que respondieran la pregunta “¿Por qué escribe?”. Ignoro lo que contestaron los otros 399 escritores. Más todavía, ignoro quiénes hayan sido esos otros 399 escritores. La respuesta de Camon fue tan profundamente dramática que arrojó a las sombras el resto de aquella encuesta.

La respuesta de Ferdinando Camón fue la que transcribo a continuación:

Escribo por venganza. No por justicia, no por santidad, no por gloria: sino por venganza. Todavía siento dentro de mí esta venganza como justa, santa y gloriosa. Mi madre sabía escribir sólo su nombre y apellido. Mi padre un poco más. En la tierra donde nací, los campesinos analfabetos firmaban con una cruz. Cuando recibían una carta del Municipio, del ejército, de la guardia civil (ningún otro escribía a los campesinos) se asustaban e iban al cura para que se las leyera. Lo he visto pasar muchas veces, era un niño. Desde entonces he sentido a la escritura como un ‘instrumento de poder’, y siempre he soñado pasar al otro lado, apoderarme de la escritura, pero para usarla a favor de aquellos que no la conocen: para realizar su venganza”.

Siempre que lo leo me conmueve, el escritor que escribe para vengar a los que no pudieron escribir; el que vio a sus padres padecer bajo la hegemonía de aquellos que ostentaban todo dominio, sobre esos poderosos signos con los que las cosas eran nombradas  y las acciones sujetas o desencadenadas.

Cuando combatíamos en Troya, en un mundo cuya población era infinitamente menor a la de ahora, los especialistas calculan que en nuestro planeta se hablaban 10.000 lenguas aproximadamente. Hoy en día, en el mundo se hablan entre 5.500 a 6.800 lenguas, dependiendo del rigor de los parámetros que las definen como tales. Si entendemos y concedemos que todas las lenguas expresan el sentir único de un pueblo, cuando una lengua muere, desaparece una visión del mundo.

Son miles las cosmogonías que he visto sucumbir, con cada lengua que muere, a lo largo de los siglos. Pero eso no es lo peor, lo peor es que los procesos de agonía de las lenguas actuales se aceleran exponencialmente. En África, por ejemplo, el 80% de las lenguas carece de transcripción escrita, y precisamente por eso, están en peligro de extinción. Día a día, los niños que crecen bajo el influjo de la televisión e Internet, aprenden los idiomas globales (Inglés, Francés, Alemán, Belga, Neerlandés) y se desentienden de los dialectos y lenguas de su cultura que, al no contar con signos escritos que las preserven, pierden irreversiblemente los nexos con su historia, con su pasado, con su cultura y tradiciones.

Pero estas pérdidas no son sólo de ellos. Son también nuestras, cuando nuestro mundo pierde su variedad y su diversidad, perdemos referencias del universo que son irrecuperables. Daré sólo algunos ejemplos de la belleza que perdemos cuando una lengua muere.

Aproximadamente entre 300 a 400 años atrás, en el sur de esa enormidad ultrajante que era la China Imperial de entonces, en la comarca de Jiangyong, provincia de Hunan, la dura vida a la que los campesinos sometían a sus mujeres logró que las féminas se confabularan entre sí para comunicarse de un modo único, secreto. Crearon entonces un lenguaje que sus maridos y los hombres no pudieran entender. Una lengua mediante la cual solamente ellas pudieran comunicarse: el Nushu.

Pero no sólo lograron hablarla, también consiguieron transcribirla a símbolos, a una escritura. Cuando una mujercita era entregada, en un matrimonio arreglado, a un campesino desconocido; la joven recibía, a modo de ajuar, lo que llamaban “Cartas del tercer día”. Esto era un conjunto de consejos, diarios íntimos, reflexiones, sueños, deseos, experiencias de otras mujeres  y cánticos de consolación para los difíciles primeros días de sus severos matrimonios.

Yang Huanyi, la última hablante del Nushu, dijo: “Hizo nuestras vidas mejores, porque nos ofreció un modo de poder expresarnos”.

Un modo de poder expresarnos. Un modo de poder. Poder para comunicar una experiencia única, intransferible por cualquier otro medio.

Yang Huanyi murió en Septiembre de 2004 a la edad de 98 años. Intentó enseñar el Idioma Secreto de las Mujeres a sus hijas y a sus nietas, pero ellas no quisieron aprenderlo.

Nuestro Mundo tenía, hasta hace escasos nueve años, un idioma que sólo conocían las mujeres. Hoy no lo tiene. Es una distinción, una belleza, una cosmovisión, que irremediablemente hemos perdido.

Tan fascinante es descubrir los matices de las lenguas y su aprehensión del universo, los dialectos Ugandeses, por ejemplo, tienen un nombre propio y particular para cada una de las patas de los animales. Pero no sólo eso, también tienen un nombre específico para el conjunto de las dos pata delanteras, otro para el de las dos traseras, otro para el de las dos del lado izquierdo y otro para el de las dos del lado derecho.

En la lengua Boro, la palabra “gobray” significa “caerse en un pozo por una distracción”. Y la palabra “onsra” significa “amar por última vez”.

Yo no sé a ustedes, pero a mí me congratula y me hace sentir cierto orgullo de especie, el saber que contamos con una lengua que, con una sola palabra, nos permita expresar: Te amaré por última vez.

Pues bien, son lenguas que están en peligro de extinción. Son concepciones del mundo de las que nos vamos despojando.

En 2001 en una zona costera del norte de Australia quedaban sólo tres hablantes, y muy ancianos, del Mati Ke.

En 1980 murió una anciana que era la última persona que hablaba Tagish, una lengua nativa del norte de Canadá.

El Ayapeneco, es hablado solamente por dos ancianos octogenarios en Tabasco, México. Aunque se conoce que hay, por lo menos, cuatro hablantes pasivos. Es decir, que comprenden la lengua pero que no pueden hablarla.

Hay actualmente, más de 600 lenguas en nuestro planeta que son habladas por menos de trescientos hablantes. Más de 2.000 que no llegan a los 5.000 hablantes. La enorme mayoría de ellas no cuentan con una transcripción escrita.

“Lo que no está escrito, no existe”. O no existirá dentro de poco.

Angela Pradelli es una gran escritora argentina, fiel exponente de la nueva generación. A Pradelli se le nota a la legua su amor por la escritura y por escribir. Es de esas escritoras que no sólo escribe con el alma, sino que tampoco le saca el cuerpo a sus textos, no les escatima ni dolor, ni sangre.

Pero Angela Pradelli no sólo es escritora. Es, y ha sido, una docente extraordinaria en cuyo desempeño también involucró cuerpo y alma.

De la palabra escrita ella dice: “Quien escribe construye con palabras una casa propia donde habitar, que no pocas veces protege de los materiales corrosivos del tiempo”.

Pero veamos en sus propias palabras, en su propio texto, la importancia del poder de la palabra, y de la necesidad de transformar a los Alfabetizados Disfuncionales en Alfabetizados Plenos:

“Me lo dijo una vez un alumno de la escuela nocturna. Les había pedido que escribieran un relato autobiográfico y no les di más que dos o tres pautas de trabajo. El había elegido contar una historia del abuelo, con el que vivía, se llevaba muy mal y peleaban mucho. Le costó escribir ese relato, lo corrigió durante varias clases. Logró un buen texto en el que se narraba una de las peleas más fuertes entre abuelo y nieto. Todos lo felicitamos cuando lo leyó en clase. Volvimos a hablar de su trabajo al día siguiente, y de su abuelo, que él había convertido en personaje. “No sé bien qué pasó”, dijo mi alumno antes de terminar la clase. “Mi abuelo sigue siendo el mismo de siempre, dijo, pero ahora, después de escribir esto, lo quiero más”. Al ponerle palabras a lo que nos pasa, a lo que sentimos, a lo que deseamos, descubrimos un costado que nos es revelado por la escritura”.

Esa es la magia de la palabra escrita. Eso es revelación personal. Ese es el poder; de poder escribir.

La expresión, es el opuesto exacto de la represión.

La expresión de la palabra escrita es el opuesto exacto de lo que agoniza, de lo que perdemos, de lo que muere u olvidamos.

De lo que no existe.

Otros poetas que cantaron a Odiseo

Esta breve antología pretende ser un muestrario de miradas de otros poetas que se animaron, de algún modo, a soñarme.

Empezamos con el que, a mi juicio, es el más famoso de todos

 

Itaca, Kontantinos Kavafis

Cuando hacia Itaca salgas en el viaje,

desea que el camino sea largo,

pleno de aventuras, pleno de conocimientos […]

Desea que el camino sea largo.

Que sean muchas las mañanas estivales

en que con cuánta dicha, con cuánta alegría

entres a puertos nunca vistos […];

anda a muchas ciudades egipcias,

a aprender y aprender de los sabios.

Siempre en tu pensamiento ten a Itaca.

Llegar hasta allí es tu meta.

Pero no abrevies el viaje en absoluto.

Mejor que muchos años dure:

y, viejo ya, ancles en la isla,

rico por cuanto ganaste en el camino,

sin esperar que riquezas te dé Itaca.

Itaca te dio el bello viaje.

Sin ella no habrías salido a la ruta.

Nada más tiene que darte.

Y si pobre la encuentras,Itaca no te ha engañado.

Sabio así como llegaste a ser,con experiencia tanta,

habrás ya comprendido las Itacas, qué es lo que significa.

 

Pequeña Odisea; León Kukulas

Y nos negamos nuevas glorias y riquezas

y sin pena contemplamos cierto día

perderse para siempre entre la bruma gris

la espléndida visión de los feacios.

Y ahora que hemos retornado a Itaca,

cuando a menudo narramos lo pasado,

como más dulce sentimos su angustia

que la serenidad de nuestra vida muelle.

Y nuestro dolor inmenso se nos hace,

como que nos castiga una amarga contrición,

pues ya no sopla el viento en nuestros aparejos,

y para siempre terminó la travesía.

 

Odiseo, Yorgos Sarandis

Pero qué esperas viajando en tu

oscura suerte

pero qué esperas huyendo entre los años

qué esperas cuando te mata el lúgubre lamento de Troya

que te sigue […]

tú sin embargo

—el más ingenioso de los hombres—

cómo no adivinaste / qué amargura,

cuánto castigo, / qué nuevas heridas traerá

el fin de tu inquieto camino, / el vano regreso,

tu triste arribar a la Itaca asolada.

La primera emboscada de los dioses

es la nostalgia es el juego insensato con tu alma

la malhadada quimera del regreso.

 

Sobre un verso ajeno, Yorgos Seferis

Y se presenta ante mí, de nuevo y otra vez, el fantasma de Odiseo,

con ojos enrojecidos por la salmuera de las olas

y por el deseo pleno de volver a ver el humo que brota de la tibieza

de su casa y su perro que envejeció esperando en la puerta.

Se yergue, alto, musitando entre sus barbas emblanquecidas palabras

de nuestra lengua, como la hablaban hace tres mil años.

Extiende la palma de una mano encallecida por las cuerdas y el madero,

con piel deteriorada por el seco bóreas, por el calor ardiente

/ y por las nieves.

Diríase que quiere expulsar el Cíclope superhumano que ve

/ con un ojo,

a las Sirenas que cuando las oyes olvidas, a Escila

/ y a Caribdis de entre nosotros;

tantos monstruos entremezclados, que no nos dejan pensar,

que era también él un hombre que luchó en el mundo, con el alma y con el cuerpo.

 

Poema de los dones, Jorge Luis Borges

Gracias quiero dar, al divino

Laberinto de los efectos y las causas

Por el rostro de Helena y la perseverancia de Ulises

 

Odisea, Rapsodia XXII; Kazantzakis

Penélope, que, silenciosa y pálida, en el trono esperaba

se vuelve a ver y tiemblan sus rodillas de pavor:

– No es ese el que aguardé año tras año, oh Dios,

/ con grande anhelo:

un dragón gigantesco que, semejante a un hombre,

este palacio pisa.

Presintió el arquero del espíritu el oscuro terror

de la pobre mujer, y suave dice a su agitada entraña:

– Alma mía, ésta que inclinada tanto tiempo te espera

para que tú abras su cuerpo y te fundas con ella entre

/ voces gozosas,

es la mujer que anhelaste mientras luchabas con el piélago

y los dioses y con la honda voz de tu inmortal espíritu.

Dijo, mas no se estremeció su corazón en su agitado pecho.

 

Arte Poética; Jorge Luis Borges

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,

lloró de amor al divisar su Itaca

verde y humilde. El arte es esa Itaca

de verde eternidad, no de prodigios.

 

Ítaca, Cecilia Balcázar

Ulises, Odiseo

hasta la orilla

del amor llegaste

llegamos confundidos

a tu lado yo anduve

en múltiples periplos

en espera paciente

contigo en el tumulto

y esperándote

contigo en fragorosa travesía

en idílicos campos

en eglógicos huertos

contigo y esperándote

en el mismo navío.

 

Argo; Kostas Asimacópulos 

El viejo perro aquel de Odiseo

con una firme fe se da valor,

y lo recuerda a su buen amigo

y del puerto su última salida.

Ya nadie tiene idea qué es de él;

y pues ha tiempo que no llegan nuevas suyas,

los amigos lo olvidan, diz que en una

antigua, extraña historia ya haya muerto.

Sin embargo, no deja el viejo perro

de tener fe del amo en el retorno

y de continuo el piélago avizora.

Y una mañana se balanza al barco

que de improviso al molo de la isla lo trae vivo,

símbolo e idea.

 

Exortatio ad Ulixem, Petronio

Illic alternis depugnat pontus et aer,

hic rivo tenui perui ridet humus.

Illic diuisas complorat navita puppis

hic pastor miti peluit amne pecus

. . . …………..

…………..

Naviget et fluctus lasset mendicus Ulixes,

in terris vivit candida Penelope

Allá uno con otro luchan el mar y el aire,

aquí en el arroyo fino juega la tierra.

Allá llora el marino las naves rotas,

aquí el tierno pastor lava en la corriente

/a su rebaño.

Allá la muerte cruel deshace lo fuerte

aquí con corva hoz rinde buen trigo cortado.

Allá en las aguas la sed abrasa a la seca garganta,

aquí a un varón agobian con muchos besos.

Navega el pobre Ulises y lucha con torbellinos;

en tierra casta vive Penélope.

 

La desesperación de Penélope, Yannis Ritsos

No es que no lo haya reconocido a la luz del hogar; no eran

los harapos del mendigo, el disfraz, – no; signos claros:

la cicatriz en la rodilla, la fortaleza, la astucia en el ojo. Asustada,

apoyando su espalda en el muro, buscaba una excusa,

la demora de un poco más de tiempo para no responder,

para no traicionarse. ¿Entonces era por éste por quien había perdido

/ veinte años,

veinte años de espera y de sueños, por este miserable

manchado de sangre, con la barba canosa? Se derrumbó silenciosa

/ una silla,

miró despacio a los pretendientes muertos en el suelo, como si fueran

sus mismos deseos lo que veía muertos y le dijo: ―”Bienvenido”,

oyendo ajena, lejana, su propia voz. En el rincón, su telar

llenaba el techo de sombras en forma de verja; y todos los pájaros que

/ había bordado

con hilos rojos, brillantes en verdes arboledas, de pronto,

aquella noche del regreso, se volvieron de color negro y ceniciento,

volando muy bajo sobre el cielo de su última resignación.

 

Penélope, Katerina Angelakhi

And your absence teaches me that art could not*. Daniel Weissbort

No urdía, no tejía,

comenzaba un escrito y lo borraba

bajo el peso de la palabra

porque la perfecta expresión está impedida

cuando lo de adentro es presionado por el dolor.

Y mientras la ausencia es el tema de mi vida

– ausencia de la vida –

llantos aparecen sobre el papel

y también el sufrimiento natural

de un cuerpo despojado.

Borro, rompo, ahogo / los gritos vivos

– donde estás ven te espero / esta primavera no es como las otras –

y recomienza por la mañana / con nuevos pájaros y sábanas blancas

que se secan al sol. / No estarás aquí nunca

regando las flores / los viejos cielorrasos goteando

cargados de lluvia / y mi personalidad diluyéndose

dentro de la tuya / tranquilamente, de manera otoñal…

Tu exquisito corazón / – exquisito porque lo elegí

– estará siempre en otra parte / y yo con palabras cortaré

los hilos que me ligan / al hombre concreto

de quien tengo nostalgia, / hasta que Odiseo se convierta en símbolo

de Nostalgia

y viaje por los mares / de la mente de cada uno.

Me olvido de ti con pasión / todos los días

hasta que laves los pecados / de la dulzura y el perfume

y que ya totalmente limpio / entres en la inmortalidad.

Es una tarea ardua y sin gracia.

Mi única recompensa es comprender

por fin qué es la presencia humana / y qué la ausencia

o cómo funciona el yo / en tanta soledad durante tanto tiempo.

(Que no se detiene por nada el mañana.

El cuerpo sin cesar se recrea a sí mismo

se levanta del lecho y se acuesta

– como si lo talaran / alguna vez enfermo, alguna vez enamorado

esperando / que aquello que pierde en tacto / lo gane en esencia.)

* Y tu ausencia me enseña aquello que el arte no pudo.

 

Nausicaa, Robert Graves (de La Hija de Homero)

¡Yo te imploro, oh princesa! ¿Eres diosa o mortal? Si eres una de las diosas que habitan el cielo anchuroso, Artemisa te creería, la nacida del máximo Zeus: son de ella tu belleza, tu talla, tu porte gentil. Mas si eres una de las muchas mortales que pueblan la tierra, venturosos tres veces tu padre y tu madre, tres veces venturosos también tus hermanos […] Pero aquel venturoso ante todos con mucho en su pecho
que te lleve a su hogar vencedor con sus dones nupciales.

 

Fábula de Nausicaa Infinita; Daniel Devoto

Yo era Nausícaa, hija de rey: yo era.

Desterrada

soy en mi propia tierra,

y de mí misma fugitiva por siempre.

[…] Así me multiplico

y crezco en ojos para que me hieras,

¡oh ignorador, oh de retorno, oh nunca puerto!

y cada una es yo, Nausícaa infinita,

toda llaga pidiendo sólo nada,

aun más ardiente cuanto más lejana

[…]. ¡Oh tú, envidiada,

afortunada,acaso, innumerable

esposa del aun más innumerable

héroe!! Tú la que sabes todo de él,

menos Nausícaa,

¡oh rehiladora, dueña constante: es mío!

Inútil que te tejas y destejas

ante sus ojos que me ignoran: lleva

mis palmas en su pecho,

lleva a Nausícaa consigo.

 

Carta imaginaria de Odiseo a Nausícaa; Giovanni Quessep

Los pinos de la isla eran tan bellos,

y yo no tengo cerca ni su sombra.

Itaca fue un jardín, y hoy sólo escucho

cantar a las serpientes; ramas duras,

endrinos y no almendros, y la piedra

donde alguien escribió que todo es vano.

Si supieras, Nausícaa, cómo ha sido

mi vida desde entonces; nada grata

para quien vio la flor de los granados

y la esparció en su lecho y su memoria

mientras cantaba el ciego al que ofrecieron

una silla de cedro y una fábula.

Tú me guiaste a la ciudad, desnudo, sólo cubierto por el mar de arena

y por hojas de luz de su hondo prado

para contar mi gloria, mi infortunio.

Te seguí, como dios que me creía,

soñando con mi isla venturosa […]

Vivo en un reino milenario, es cierto,

sólo un mar de jazmines me rodea,

Salgo a los bosques cuando el cielo teje

la medianoche, solo y en silencio

con mi vida; el destino no me deja

lanzar mi flecha como yo quisiera

al corazón del jabalí y la luna:

nunca doy en el blanco, y sólo puedo

pensar en ti, Nausícaa.

 

Calypso pregunta a Odiseo; Homero (Traducción de métrica editada)

¡Oh Laertíada, retoño de Zeus, Ulises mañero!

¿De verdad tienes prisa en partirte al país de tus padres

y volver a tu hogar? Marcha, pues, pese a todo en buen hora;

mas si ver en tu mente pudieses los males que antes

de encontrarte en tu patria te hará soportar el destino,

seguirías a mi lado guardando conmigo estas casas,

inmortal para siempre, por mucho que estés deseando

ver de nuevo a la esposa en que piensas un día tras otro.

Comparada con ella, de cierto, inferior no me hallo

ni en presencia ni en cuerpo, que nunca mujeres mortales

en belleza ni en talle igualarse han podido a las diosas.

 

Ulises así habló a Calipso cuando decidió abandonarlaLefteris Alexíu

Nieve semeja en el velado atardecer

tu cuerpo diáfano. Con ardor envolvente

igual que de reptil, el amor serpentino

cual brazo firme estrechada mi cintura.

El grillo que no calla de tu beso

y tu mirar me hicieron inmortal.

Nada veo ni escucho. Como abejas

el antiguo recuerdo me circunda.

Me llaman las gaviotas. Clama el ponto.

Tiembla la espuma en mis párpados húmedos,

y la inmortalidad me es servidumbre.

Dame otra vez el incierto destino;

que me lleve la libre fantasía

en un madero por la mar salada.

 

Helena; Yorgos Seferis 

si es verdad que algún otro Teucro, después de años, o algún Áyax o Príamo o Hécuba o algún desconocido, anónimo, que vio sin embargo un Escamandro desbordar de cadáveres, no tiene en su destino oír / a mensajeros que vengan a decir que tanto dolor que tanta vida / se fueron al abismo
por una túnica vacía, por una Helena.

 

Odisea de Kazantzakis

Gira la tierra lentamente, transcurre el tiempo, entíbianse los días;

cruciformes saetas velocísimas, pasan las golondrinas,

hilos finos de mil especies llevan, van tejiendo la trama

de sol, agua y brisa tibia, y en la robusta urdimbre de la tierra

bordan la primavera con sus flores y sus huevos cálidos.

Se llenó el carpe de retoños y dio sombra el fresno a los apriscos.

 

Eso ha sido todo. Muchos señalarán que faltan poemas, pero toda selección es arbitraria. Espero que ésta les guste.

Penélope (I)

Casi toda la Hélade era una gran roca rodeada por islas que en su mayor parte eran rocas. Las más bellas rocas que los ojos humanos puedan aspirar a ver, sobre un mar que del zafiro más profundo variaba al malva o a un ensueño de esmeraldas deslumbrantes casi de uno a otro pestañeo. Pero tal vez me engaño, tal vez esas imágenes de las que hace largos siglos estoy desterrado no sean tales; tal vez las islas de las que hablo poseyeron esa belleza solamente en mi memoria; tal vez, ese mar variopinto que las acariciaba no haya sido más que un agua monocromática insulsa  que se mecía entre islas tan áridas de manantiales; como de mitos, rocas y silencio…

Y, tal vez, los inmortales dioses no existan y no exista la diosa que otorgó a Odiseo la gravosa eternidad; sólo para demostrarle que la gloria y la inmortalidad pocas veces maridan en el Olimpo, pero especialmente nunca, sobre la faz de la tierra que los mortales hombres pisan.

Casi toda la Hélade era una gran roca, pero en ningún lugar era más roca de lo que lo era en Esparta. La Esparta donde Tindareo gobernaba, la que siglos más tarde forjaría la estirpe de guerreros más formidable y dura que se haya conocido. Tan formidable y dura como necia y arrogante; una de las peores combinaciones que también se hayan padecido.

Toda la historia de la especie se me antoja una interminable crónica de sangre y muerte; pero, especialmente, la de mi amada Hélade.

Tindareo gobernaba en Esparta, Clitemnestra,su hija mayor, era reina y esposa de Agamenón, el más poderoso y ambicioso de los reyes aqueos, Rey de Micenas y con gobernantes títeres en Atenas y Argos. Los herederos varones de Tindareo descansaban en el Hades de forma cuanto menos misteriosa; porque, por muy buena voluntad e imaginación que uno quiera aportar, es raro llamarle “inmortalidad” a eso de vivir como “La Constelación de los Dióscuros”, tal cual les pasó a Cástor y Pólux. La otra hija, la menor, la que fue raptada por un enloquecido Teseo cuando la niña apenas contaba doce años; la que hacía endurecer la entrepierna de todos los hombres que tuvieran sus ojos y su entendimiento sanos; la que los helenos llamábamos Halini y la historia conoció como Helena de Troya. Cruel burla de los dioses permitir que aquella helena se llamara Helena para vermicular gloria de los miles de helenos que sufrieron, padecieron y murieron en Troya. Helena Tindárida, Helena de Amiclas, Helena de Esparta… maldita de los dioses Helena de Troya.

Pero me estoy anticipando (spoileando dicen ahora) a hechos que aún no ocurrirían, aunque cuánto mejor hubiera sido  que no ocurrieran nunca.

Yo había llegado a Esparta para lo mismo que la mayoría de los reyes y caudillos aqueos: la hija de Tindareo sería desposada, quien la desposase reinaría en Esparta. El marido no sólo recibiría en su lecho a la mujer que los aedos de toda la Hélade mentaban unánimemente como a la más bella y subyugadora, sino también el dominio de una de las cinco ciudades más poderosas de esa gran roca que la Hélade era.

Casi todos los héroes y caudillos aqueos estaban en Esparta soñando con poseer a Helena y Esparta. Ya en la anterior entrada sobre Troya (“Palamedes, o la Venganza del Arado”) he escrito  que el concurso era también una fachada para reunir a los caudillos aqueos y planear la incursión militar. Por ello, no sólo los caudillos solteros habíamos llegado a la ciudad, sino también los reyes casados de todas las ciudades  e islas que los melenudos aqueos gobernaban. La excusa era que había una boda real y, como nunca, todos los reyes y caudillos de hombres se habían reunido para homenajear a la nueva pareja reinante de Esparta. Una boda en la que en lugar de felicidad y prole se tramaban la sangre y la muerte, bien merecía terminar del mismo modo.

Todas las cortes y todos los principales de entre los aqueos deambulaban en medio de un esplendor, una curiosidad y una euforia que parecían anticipar hechos que no lográbamos elucidar del todo, pero la perspectiva me permite ahora concluir en que un hecho extraordinario se perpetúa en múltiples hechos extraordinarios. Vivíamos un hecho que nos cambiaría el mundo y si bien no puedo decir que lo sabíamos, muchos de nosotros lo presentíamos; aunque la mayor parte de esos presentimientos fueran tan temidos como lúgubres.

En aquella época, a un hombre de veinticuatro años como los que yo tenía entonces, se lo consideraba, sino experimentado, sí completamente maduro. Hacía cinco años que yo gobernaba en Ítaca en corregencia con Laertes, mi padre. En esa brevedad de tiempo habíamos hecho prosperar a nuestras islas (Ítaca, Cefalonia y Zacynto) como antes jamás se había conocido. Nuestros hatos de cerdos se multiplicaban como conejos mientras nuestros olivares parecían competir contra nuestros animales en esa prolífica actividad. Gracias a arquitectos cananíes que “cortesmente” hice recalar en mis puertos, habíamos  construido obras de riego que hacían que, cada año, nuestros cultivos se duplicaran. Con idéntica “cortesía” traje de Babili y de Giblu (Babilonia y Biblos) hechiceros y sacerdotes que conocían la magia de curar con plantas como también la de lograr que semillas que, almacenadas y tratadas de cierta manera durante cierto tiempo, produjeran espigas más grandes, más resistentes, mazorcas enormes y deliciosas, verduras que jamás se habían dado en Ítaca y maneras de tratar y conservar las olivas para extraer de ellas más y mejor aceite.

No puedo decir, en cambio, que hayamos podido ser muy corteses con los piratas Tirsos y Sequelios que capturamos, y con los que inauguramos la industria naval itacense. Siempre se construyeron barcos en nuestras islas; tan cierto es eso como que no eran más que barcazas de pesca que la carcoma devoraba antes de que llegaran a navegar un tercer verano. Carpinteros, alarifes, ceramistas, alfareros, tejedores, embreadores, tejedores, velistas, cordeleros, herreros, armeros y obreros de todo tipo arribaban a mis islas por la prosperidad floreciente y continua que hacía que la vida en Ítaca y mis islas fuera una especie de panacea bucólica; aún cuando entonces el término bucólica no existía y no había ningún otro que definiera algo semejante en los cuatro idiomas que medianamente hablaba o conocía.

“El ingenioso Odiseo” me llamaban ya entonces, y mi vanidad se alegra de haber ganado ese alias por mi gobernar durante el tiempo de la paz; y no tanto por revalidarlo luego, cuando llegó el nefasto tiempo de la guerra.

Por mucho prestigio que hubiera ganado en la prosperidad de mis islas, las posibilidades que tenía para ser elegido como el esposo de Helena y rey de Esparta eran nulas. Allí se habían reunido hombres de inmenso poder. Algunos de esos hombres podían  mandar 10.000 guerreros a una batalla, otros botar 200 barcos de guerra con sus tripulaciones entre el paso de una primavera a la siguiente, otros dirigían decenas de carros de batalla y otros eran grandes señores de ciudades que ya eran poderosas cuando todavía ningún hombre había pisado el suelo de Ítaca. ¿Qué chances podía alentar Odiseo, por muy ingenioso que fuera, cuando sólo era el Señor de unas prósperas islas henchidas de cerdos, olivares y cultivos?

Además de eso, la única ventaja que imaginaba como espaldarazo de mis posibilidades se había vuelto en mi contra, aunque yo mismo había previsto que así podía ocurrir: Era el mismo Tindareo el que decidiría a quién entregaría su hija. El viejo rey era de la vieja estirpe minoico/micénica a la cual pertenecía también mi abuelo Autólico, y el rey espartano se consideraba así mismo como amigo y discípulo de mi abuelo. Esta consideración hacia mi abuelo hacía que su respeto y su afecto se hicieran extensivos hasta el nieto. Al llegar a Esparta, no había terminado de desmontar cuando el viejo ya me había mandado heraldos comunicando que deseaba entrevistarse conmigo a solas. En esa entrevista confirmé dos cosas que ya había entrevisto:

La primera, que Había sido obligado a aquel extraño concurso del cual dependían el futuro de su hija y el de su ciudad, a instancias de Agamenón y de su monigote Palamedes.

La segunda estaba tan clara para mí como la primera: me pedía disculpas de antemano por avisarme que yo no estaría en la consideración de los candidatos aunque mi nombre, como el de muchos otros, figurara en la lista. Me aseguró que me lo revelaba porque, en virtud del afecto que me debía, le parecía imperdonable dejarme albergar esperanzas vanas. A modo de consuelo, me reveló algo que tampoco se me había escapado: cualquier candidato que por un extraño azar fuera elegido sin ser conveniente a los planes de Agamenón, no llegaría vivo a la siguiente luna. Como ya lo dije, aquella entrevista se había efectuado a solo instantes de mi llegada a Esparta, y de ella habían pasado poco más de dos semanas.

-Astuto demonio negro de Agamenón, simula un concurso y deja la elección a tu criterio para que nadie diga que fue él quien presionó para elegir a otro de sus monigotes en el trono de Esparta.

-Esa es mi situación -se sinceró Tindareo- por eso también es que quería hablar contigo; como lo haré también con Néstor cuando llegue… la situación es difícil, si me equivoco puede significar una muerte. Y una muerte puede llevar a los Aqueos a que combatan entre sí en lugar de llevar la guerra a algún otro lado del Thalassa (Mediterráneo) como pretenden esos idiotas de Agamenón y Palamedes.

Lo miré profundo dentro de los ojos, debía estar seguro de qué era, exactamente, lo que él prefería. Le pregunté:

-¿Y tu dices, ilustre Tindareo, que es mejor una guerra fronteras afuera de todos los aqueos unidos contra un enemigo común, a una guerra interna con dos bandos de aqueos enfrentados?

-¿Qué es lo que tu piensas? Me devolvió la pregunta el anciano al mismo tiempo que la responsabilidad de responder y comprometerme en primer lugar. Esos duelos retóricos eran comunes entre los hijos de la antigua estirpe. Respondí a mi vez:

-¿Qué es lo que yo pienso? ¿Yo? Un simple rey de las islas exteriores que apenas sabe llevar la cuenta de los hatos de cerdos de sus súbditos, para no ser robado… Yo no me atrevo a pensar en voz alta, querido Tindareo, en especial cuando estos pensamientos implican definir dónde será el lugar en el que la sangre de los aqueos deba derramarse, ¿Aquí mismo en nuestra Hélade despanzurrándonos unos a otros? ¿O en las tierras de los piratas Tirsos? uf, tan difícil; ¿Tameri? No creo; ¿Ilión? Tal vez… pero decirte cuál opción es la preferible y que todo esto dependa de cuál sea el aqueo elegido para casarse con tu hija… ¿Es realmente una respuesta la que buscas o una… adhesión?

El viejo rey cambió de posición en su trono, apoyó su codo en la rodilla y bajó la cabeza apoyándola en la misma mano del brazo que apoyaba en esa misma rodilla. Puso gesto pensativo y sus ojos adquirieron cierto ¿dulzor?… Aún hoy no sé si definirlo de ese modo, pero sentí que se había relajado un poco. Con el tiempo entendí que ese debate que manteníamos labios afuera, eran sus propias dudas inexpresadas, algo que él necesitaba extraer de sus adentros para poder entenderlo. Es un buen método que muchas veces le copié.

Tardó en responder, y cuando lo hizo tenía una cierta sonrisa:

– Eres todo lo que Néstor me había dicho y bastante más, Ingenioso Odiseo; casi estoy escuchando hablar a Autólico por tu boca cuando te escucho.  En realidad no sé que es lo mejor. Sé que si le sigo el juego a Agamenón significará la guerra en el extranjero. Y sé que si no lo hago, podría surgir la guerra entre los aqueos. Debo confesarte que no me desagradaría tanto, yo soy de la vieja estirpe y no me molestaría ni un poco que esos pelmazos de Agamenón y Palamedes se enfrenten a alguien que les haga oposición; solo que…

-¿Solo que qué?

-Solo que Agamenón tiene a Menesteo como títere en Atenas y a Diomedes como a su otro títere en Argos y ya haciendo pie en la Beocia, luego de haber arrasado Tebas… ¿Quién de los Aqueos se atrevería a enfrentarlo?… el único Aqueo en condiciones de enfrentarlo es el que no vendrá al concurso…

-Peleo. Arriesgué.

-Así es, Odiseo; parece que sabes un poco más que contar tus hatos de cerdos para no ser robado por tus siervos. Sí, Peleo, rey en Yolcos, él y sus terribles mirmidones son los únicos que hoy pueden enfrentar a Agamenón y su pandilla con cierta posibilidad de éxito. Pero Peleo no vendrá al concurso. Hace muchos años repudió a Tetis y se mantiene firme en su decisión de no tomar otra esposa.

-Tiene un hijo, el que llaman Aquiles, el sin labios; ¿Tampoco él vendrá?

– Es demasiado joven, pero además de esa contra, ya lo casó con Deidamía de Esciro. Cierto es que podría repudiarla fácilmente y venir a concursar; pero me temo que Peleo no va permitírselo. Peleo es uno de los pocos aqueos a los que se puede tildar de honesto y, más raro todavía, inteligente. No vendrá y no enviará a su hijo; Peleo esperará. Se siente seguro allá en el frío norte, cada uno de sus mirmidones es una muralla que se interpone entre su reino y el de Agamenón y no va abandonar la seguridad de esas murallas… no va a venir, sólo un tonto lo haría, y él no lo es.

-Expuesto de ese modo, la única opción es seguirle el juego a Agamenón. Le dije resignado.

-Eso parece, y me alegra que hayamos llegado juntos a esa conclusión, yo aún no estaba seguro. Pero aún así, cuál es el mejor aqueo por elegir. Aún dentro de la nómina que sea más conveniente a la intriga de Agamenón, es difícil decidir el candidato que, más allá de favorecer sus planes, no sea tan contrario a los intereses de Esparta.

-Gran Tindareo -le dije-, aún no llegan todos los séquitos. Dame tiempo para pensar en este asunto tan complicado como peligroso, déjame conversar con ellos, déjame que los conozca y, principalmente, deja que pueda sondear bien a Agamenón y a sus lameculos. Y deja también que llegue Néstor para que consultemos a esa gran cabeza que será de gran ayuda en este asunto. Dame tiempo y antes de elegir al esposo de Helena, tu heredero, nos reuniremos nuevamente y podré aconsejarte con mucha más seguridad.

Esa era la entrevista que había tenido con el rey de Eparta. Ese era el compromiso en el que estaba metido. Casi todos los candidatos ya habían llegado y yo había tenido la posibilidad de conocer a la mayoría. Néstor y sus hijos todavía no llegaban. en esas tareas andaba cuando conocí a la mujer que cambiaría mis conceptos sobre el amor, el destino y las mujeres; al mismo tiempo que resignificaría mi propia existencia hasta el punto de llegar a merecer la inmortalidad: Penélope Icárida.

El verano castigaba a Esparta como si tratara de torturarla. El viento soplaba desde el sur llenando de un fino polvo de ripio hasta los más recónditos intersticios del cuerpo; el Kitón se me pegaba a la transpiración del cuerpo y los planes de guerra en boca da casi todos los caudillos aqueos me tenían los oídos llenos. Todo esto en su conjunto me ponía del peor humor con el que me reconocería jamás.

Tanto calor, si uno cometía la estupidez de dejar sus armas al sol, era doblemente estúpido si intentaba ponerlas a la sombra tomándolas a mano desnuda, ya que se ampollaba al instante. Puede que exagere, pero es que hacía tanto calor y yo estaba tan molesto, tan contrariado.

Los pajes de Tindareo me habían hablado de cierto arroyo que corría a media hora de marcha saliendo por el camino del norte que conducía a la Mesenia. Salir un poco de la agobiante ciudad y sus intrigas ya me parecía una buena idea; refrescarse en un arroyo de montaña de ese cuero reseco llamado Peloponeso, más que una buena idea me parecía un sistema filosófico completo. Fui a pie, media hora de marcha no valía el esfuerzo de ensillar un caballo.

“Saliendo del camino alto del norte hasta las fincas del rey; allí, del camino principal se abre un sendero hacia el este. Un dolichos de marcha y el sendero serpentea varias veces antes de llegar a una especie de embalse natural que aparenta ser una pequeña laguna, es un buen lugar”. Esas eran las señas que me habían dado para llegar al arroyo y su estanque.

Empecé a cuestionar mi “sistema filosófico” cuando ya había marchado bajo el despiadado sol,  el doble de tiempo y de distancia de la que los escuderos me habían referido. Ya estaba pidiéndole al Cronión que descargara sus vengadores rayos sobre esos estúpidos espartanos que parecían ignorar que un dolichos eran doce estadios y no treinta, como las que yo creía haber ya marchado, cuando un rumor de saltos de agua entremezclados con voces femeninas me hizo notar que finalmente había llegado..

El sendero no llegaba directamente hasta el arroyo, subía en giros sobre la colina más próxima, pero casi cincuenta pasos por arriba hasta que volvía a desviarse más hacia el este, serpenteando entre las pétreas colinas salpicadas por matas y arbustos. Pero a menos que uno fuera sordo, se escuchaban claramente los saltos de agua. Bajé la colina asiéndome e los arbustos mientras espiaba hacia el lugar de dónde venían las voces femeninas que antes había escuchado. Ya muy cerca del estanque, me encaramé en un abeto para no ser visto por las mujeres, ya que la multiplicidad de voces femeninas me confirmaban que debía haber varias de ellas.

Tal cual lo había supuesto se trataba de un grupo de lavanderas. En Ítaca también teníamos lavanderas y no creo que sus tareas difirieran mucho de la de las lavanderas espartanas, pero nunca había tenido la curiosidad de observarlas o espiarlas. Era extraño, repentinamente estaba intrigado, quería averiguar cómo hacían sus faenas aquellas lavanderas. Pude notar que trabajaban divididas, un grupo de ellas estaba sobre el estanque y las otras, casi cuarenta pasos más arriba directamente sobre los saltos, en plena correntada. Con los minutos noté que las que estaban en el estanque se encargaban de lavar (usaban una especie de grasa mezclada con aceite, sal, limón y aserrín. Para el jabón todavía faltaban siglos) y las que estaban sobre la correntada se encargaban de enjuagar. Había un tercer grupo, ahora más pequeño, pero que después se fue incrementando con las que dejaban el lavado, que se encargaba de poner las ropas más livianas sobre las rocas calientes para que se secaran. Todas hablaban, cantaban y parecían divertidas; cada tanto noté que se dirigían a alguien que parecía estar equidistante a todas, pero sobre la costa, casi exactamente donde lindaban el estanque y la corriente normal del arroyo. Desde donde yo estaba no podía ver a quién o a quiénes le hablaban, aunque me pareció escuchar que la voz que respondía desde ese lugar era una sola. Intrigado, silenciosamente me trepé más alto en el abeto y busqué el mejor lugar para observar sin ser visto. Estaba más cerca de lo que había imaginado, apenas a unos veinticinco o treinta pasos de mi posición distinguí a la mujer.

Aún cuando todavía no se me había dado el don de la inmortalidad, ya había notado que hay ciertos sucesos en nuestra vida cuya imagen nos queda grabada en la memoria de tan fulminante modo, que se tornan un hito que nos perseguirá hasta el último de nuestros días. A pesar de que pasaron casi treinta y dos siglos de esa imagen, no la he olvidado en ninguno de sus detalles; y sentí ya en ese entonces, que una especie de trueno interno me había sacudido, que aquel era un instante infinito que me acompañaría hasta la tumba, sólo que entonces no sabía que la tumba, para mí, sería solamente una utopía.

Sin ser muy alta, no carecía de talla; sin ser menuda, no carecía de ninguna de aquellas curvas que los hombres adoramos en una mujer; sin tener el cabello tan claro, era blonda de un rubio que parecía dorado sin encandilar; siendo tan blonda, su piel no era de ese blanco lechoso típico de las aqueas venidas del norte, sino casi del mismo dorado de su cabello. Noto ahora que las principales virtudes de Penélope estaban perfectamente reflejadas en su figura: el equilibrio, la armonía, la precisión. Nada en ella parecía exagerado ni escaso, todo le había sido dado en su exacto punto de perfección. Esas eran mis impresiones desde donde estaba, y aún no había podido distinguir del todo su rostro, aún no había podido ver los rasgos de su expresión. A qué negarlo, ya me sentía embelesado.

Mucho tiempo después, siglos después, he escuchado hablar hasta el cansancio de aquello de si existe o no el amor a primera vista. ¡Qué regia estupidez! Como si lo que llamamos amor dependiera de condiciones preestablecidas para su acontecer. Existe de tantas y tan variadas formas  que pretender aherrojarlo de esta o de aquella forma es propio de necios. Creo que ese es uno de los mayores males de este tiempo: ya está mal pretender definirlo todo, pero tratar de definir al amor, el sentimiento más singular y propio de la especie, hace que nos veamos como un ciego explicándole los colores a un sordo. Sí, sólo una actividad de necios es tratar de circunscribir al amor en una serie posible o imposible de identidades. Cuántos sabios y eminentes necios han existido en la historia de nuestra especie.

No podía esperar a ver su rostro, la inquietud copaba mi ánimo, quería obligarme a pensar, a ser racional, frío… pero era en vano, no era un jovencito inexperto, no habían sido muchas, pero ya había tenido suficiente experiencia con mujeres, me costaba entender por qué me sentía tan nervioso, tan intensamente agobiado. Una de las características de mi personalidad es imaginar escenarios posibles; en esas elucubraciones que agotan mi mente hasta el cansancio inimaginable, muy de vez en cuando, aparece una situación que no preví, un escenario en el cual no pensé… estaba en uno de ellos.

Sin saber todavía que hacer, ni haber trazado ningún plan, bajé del árbol y me encaminé hacia la joven, su kitón blanco era delicado y llevaba bordados los emblemas de la casa real de Tindareo, era noble; pensaba en esto cuando la joven y sus compañeras repararon en mi presencia. A pesar de que yo llevaba un tahalí que cargaba una respetable espada, no pareció inquietarse.  A cinco pasos de ella me detuve para mirar su rostro. No podría haber dado un solo paso más aunque el mismo Zeus me lo hubiera ordenado.

Su rubio cabello no era ni lacio ni ondulado, su mentón firme y alargado desde su cuello hacia adelante, le daba como un aire de sutileza, de superioridad. Su frente sonrosada era un arco que sólo cedía en perfección ante los arcos de sus pómulos; su labio superior era de esos que sus líneas se prolongan hacía abajo, aún superando la imaginaria línea del labio inferior. Siempre tuve la impresión que Penélope llevaba su rostro armado: su boca era un puñal aguzado y sus ojos dos sesgadas astas de flechas. Esos ojos imposibles que distinguía en ese momento como de un verde indefinible pero que, supe después, cambiaban su color de acuerdo a la luz o los reflejos como si ellos mismos fueran alguna especie de espejos de esos que todavía no existían… los inasibles ojos de Penélope, los que aún sigo soñando en noches en las que me levanto con los míos humedecidos por la emoción de mirarlos de cerca una vez más, aunque sólo sea en sueños.

– ¿Eres extranjero, verdad?

Me dijo casi sin mover sus labios, con una voz que parecía armada por notas musicales, su acento era el más puro minoico/micénico que había podido oír, se parecía al de mi madre y al de mi abuela, me alegré tanto de que no fuera aquea; mi corazón dio un salto, como si se saltara latidos, traté de contestar y mis labios se hicieron un nudo con mi lengua, nunca me sentí tan frustrado, tan tonto, tan estúpido. Mi verba, que no se había amilanado ante poderosos reyes me traicionaba ante aquella rubia jovencita, dioses, cuánto me odié en aquel instante. Ante mi estupefacción la muchacha volvió a preguntarme.

– Señor, noto por tus ropas y por tus armas que eres ilustre; ¿Eres acaso de los que han venido a concursar por Helena? ¿Estás perdido? ¿Podemos ayudarte en algo?

Me sentí tan molesto por no saber que decir o contestarle que dije una tontería.

– Jovencita, ¿cómo es que no temes ante un hombre que se presenta ante ti de forma repentina y armado?

Dije, tratando estúpidamente de intimidarla y tratando de imitar en todo cuanto me era posible el acento minoico/micénico; de repente me avergonzaba mi ascendencia aquea.

– Porque los bandidos de por aquí no suelen venir caminando en silencio y mucho menos con vestidos y una espada que sólo sin dignos de un ilustre aqueo… y además por esto:

Y luego de decir “esto” chasqueó sus dedos, lo cual hizo que de tres diferentes lados surgieran sendos arqueros que ya tenían sus arcos tensados con flechas apuntadas hacia mí. Uno de ellos habló.

-Señora, desde hace un rato este intruso ha estado observando a vuestras siervas trepado a aquel árbol que está al pié de la colina.

La joven parecía disfrutar aquella humillación, risueña, volvió a preguntarme:

-¿Es cierto lo que que Cleomes me dice, extranjero? ¿Nos espiabas con la esperanza de vernos tomar un baño? ¿De que aquea ciudad eres? ¿Sobre los nombres de qué padres echarás esta afrenta, extranjero?

Cada vez que decía “extranjero” parecía que su boca tuviera un látigo con el que me martirizaba. Sentí que volvía en mí, su mirada todavía estaba clavada en mi razón, pero ya podía responder y lo hice

-Señora, no vine aquí para espiar. Llegué aquí por las señas que me dieron los escuderos de mi amigo, el rey Tindareo, con la esperanza de tomar yo mismo un refrescante baño. Al toparme con vuestras lavanderas me encaramé hasta esperar que terminaran con sus labores. Como bien dice tu arquero, hacía un buen rato que esperaba con la esperanza que se retiraran, cuando te vi decidí  acercarme a presentar mis respetos. Mi madre es Anticlea, hija de Autólico y mi padre…

-Tu padre es el buen Laertes -me interrumpió la joven- y tu has de ser el Ingenioso Odiseo, el zorro rojo de Ítaca, no hay ningún otro de los concursantes que lleve en su cabeza esos rizos rojos que son tan conocidos y referidos como tu prudencia, la cual, por cierto, no parece estar a la altura de lo que se cuenta.

Todo lo decía con encanto y sonriendo, podía decirme la más terrible e las amenazas, que dichas con esa voz y con esa sonrisa sólo lograría embelesarme. La muchacha se divertía y yo me sentía cada vez más frustrado y enojado, la chica no parecía tener más de dieciocho años y me estaba dando una verdadera paliza en cuanto a gracia y estilo; yo estaba haciendo el tonto, pero por mucho que me esforzaba dentro mío por hallar encono en su contra, no hacía más que sentirme a cada instante más asombrado de su inteligencia y del ácido humor con el que impiadosamente me castigaba.

-Señora, no hables muy alto, me delatarías ante muchos reyes que juzgan mi prudencia de muy distinto modo que el tuyo. Pero tu sabes quien soy y yo no he escuchado aún tu nombre ni el de tu casa.

– Mi nombre es Penélope, Periboia es el nombre de mi madre e Icario el de mi padre, quien es hermano de ese rey Tindareo al que tu llamaste “Mi amigo”, soy por tanto sobrina de Tindareo.

Repentinamente todo había cesado. Ya no sentía calor, ya no me molestaban el polvo, ni el viento, ni la transpiración, ni Palamedes, ni Agamenón y sus intrigas. Sentía que todo el universo se había complotado sola y únicamente para que esa tarde calurosa pudiera encontrarme con Penélope.

Así vivimos los egóticos humanos, como si el universo fuera una entidad maleable creada para amoldarse a nuestro capricho.

A partir de ese momento, busqué cualquier excusa para estar en compañía de Penélope. Ella se burlaba y me reprochaba que yo estaba allí solamente por el concurso de Helena.

-No soy segunda opción de nadie.

Me repetía con firmeza la joven cada vez que yo le insinuaba mis intenciones románticas. Ese era probablemente otro aliciente, otra manera de sentir que lo único que yo deseaba era a ella. Es decir, todas las mujeres con las que había estado hasta entonces se entregaban dócilmente a mis insinuaciones. Penélope, en cambio, hacía de su forma de rechazarme un arte; casi que yo deseaba proponerle algo sólo para disfrutar de ver la gracia con la que rechazaba mis intentonas románticas. En ese juego de histeria del que ambos empezamos a alimentarnos, surgió algo mucho más profundo que el mero afecto romántico o el febril deseo de la carne. Empezamos a construir un vínculo que nos unía de un modo más fuerte y profundo que el del deseo: el humor. Penélope reía y todo el universo le hacía eco. Nuestras conversaciones eran interminables diálogos en los que sólo buscábamos ocasión de divertirnos uno a otro. Cualquier otra charla que no fuera sostenida con otra voz que no fuera articulada por el claro e inteligente intelecto de Penélope me resultaba banal y aburrida.

Repentinamente descubrí que no dormía de noche pensando en los laberintos de palabras en los que al día siguiente transitaría junto a Penélope. Ella seguía eludiendo todas las insinuaciones que le hacía, pero ahora, para hacerlo, ponía sus manos sobre las mías, o me tocaba la mejilla con el dorso de una de sus manos mientras sonreía.

Seguía diciéndome:

-No me engañas, viniste aquí por Helena y no quieres volver a Ítaca sin una especie de consuelo; y yo, Odiseo, no soy consuelo de nadie.

Pero sus palabras ya no tenían esa firmeza del principio, las palabras y el rechazo parecían los mismos, sólo que ahora sonreía de un modo cada vez más íntimo, y sus ojos -si no me equivocaba- vibraban de emoción cuando encontraban los míos; y un día vilví a decirle:

-Penélope, eres sobrina del rey y sabes de estas cosas: todos los aqueos están aquí y no todos vinieron por Helena. Yo estaba cierto de no haber venido por nadie… hasta que te vi en el arroyo.

Entonces guardaba silencio, dirigía su vista hacia mis manos antes de tomarlas con las suyas y sonreía. Su sonrisa lograba desarmarme. Entones se ponía seria y casi con miedo volvía a mirarme a los ojos y preguntaba, pero esta vez seriamente:

-¿Y si Tindareo te elige como su sucesor? Sé que te quiere y te preferiría a ti por sobre esos salvajes aqueos.

-Penélope, -le respondía yo tomándole el rostro con mis manos y clavándole mis ojos en los suyos- ya te dije que Tindareo me reveló que no seré elegido apenas llegué y que ese era también mi deseo… y yo también soy uno de esos “Salvajes Aqueos”

Y ella volvía a reír, y se desprendía de mis manos, y giraba para decir

– Cierto, eres de esa misma estirpe de Agamenón; Palamedes, Idomeneo y Diomedes, de ese tipo de palurdos tan pretenciosos como ignorantes.

Pero lo decía sólo por molestarme, ni ella ni Tindareo, ni los mismos aqueos me veían como a un aqueo más, todos veían en mí al descendiente de Autólico y olvidaban a mi propio padre Laertes. Pero Penélope ha sido una de las mujeres más inteligentes que he conocido. Tocaba el tema del concurso para hacerme volver en mí. No me extrañaría que tuviera conocimiento del encargo que su tío me había hecho. Si pretendía que mi relación con Penélope tuviera algún futuro, ese futuro estaba atado a los hechos que se estaban decantando. De repente lo noté: cuando el concurso culminara, yo debía retornar a Ítaca, una especie de terremoto se desató en mi cabeza, hacerme a la idea de privarme de la presencia de Penélope fue como un ensayo de desgarramiento en mi interior. Muchos siglos después escuché a un poeta decir algo como “Quería decirle a mis ojos que echaran a esa mujer de mi mirada, pero no podía, la tenía atravesada en la garganta”… es tan extraño esto de la inmortalidad, leer tantos siglos después un poeta que capta exactamente lo que yo sentí tantos siglos atrás por una mujer que ya ni siquiera es polvo… y que una mujer que ya ni siquiera es polvo siga atravesada en mi alma de tal modo que sacarla de allí implicaría su propia disolución. Zeus Cronión, Atenea Asoladora… ¿Por qué permitisteis que me sea dada la inmortalidad; si no iba a alcanzarme la eternidad para olvidarla?

Al día siguiente Tindareo anunciaría al esposo de Helena, al nuevo rey de Esparta. Secretamente, Néstor de Pilos y yo, habíamos llegado a la cámara de Tindareo para definir quién sería el indicado, sólo unas pocas teas estaban encendidas, la mayor parte de la luz venía del fuego donde quedaban restos de carnes. Era verano, el fuego no estaba encendido para abrigo sino sólo para asar aquellas carnes que estaban ya casi consumidas, como ese mismo fuego que, sin embargo, todavía daba más luz que dos solitarias antorchas. Tindareo libó en homenaje de Zeus y nos convidó ese vino fuerte y oleoso del Peloponeso. Yo prefería los más suaves y dulces del Ática; pero ambos eran de mejor calidad de los que se producían en Ítaca, no podía quejarme.

-¿Y bien -dijo Tindareo- cuál es el consejo al que los nobles e ingeniosos Néstor y Odiseo han llegado?

Miré a Nestor, él tenía la preeminencia para tomar la palabra:

-Primero debemos aceptar aquello que ya habíamos resuelto. El candidato debe ajustarse al gusto de Agamenón, cualquier otra cosa sería una locura… ¿seguimos de acuerdo en ello?

Ambos (Tindareo y yo), asentimos en silencio.

-Bien -prosiguió Néstor- entonces sólo resta definir quién será el elegido… ayúdame Odiseo, de quiénes habíamos hablado?

Ya habíamos tenido un par de reuniones secretas como esa, ésta era la definitiva; era mi turno de hablar:

-Bien, la lista se había reducido bastante, habíamos hablado de Palamedes, de Diomedes, de Áyax y de Idomeneo, de esos cuatro y preferentemente en ese orden, pero desde entonces se me ha ocurrido agregar a alguien más a esa lista… Menelao.

Aún en esa semioscuridad pude distinguir el asombro en el rostro de ambos ancianos, ambos repiteron casi a coro:

-¡¿Menelao?!

-Menelao, -me apresuré a aclarar- el hermano del gran Agamenón, el gran tonto, el gran necio. Agamenón sabe que su hermano es un tonto que sólo sirve para comandar carros en las batallas. Pero al mismo tiempo sabe que Menelao será incapaz de traicionarlo nunca. Piénsenlo, Palamedes y Diomedes son sus ojos y manos en Argos. Al rey de Micenas le encantaría sentar en el trono de Esparta a cualquiera de ambos, pero al mismo tiempo sabe que tendría que cuidarse bien de no darles la espalda en ningún momento. Palamedes es una víbora que puede morderlo en cualquier momento y Diomedes ha demostrado ser un guerrero terrible y demasiado capaz, es el único de los caudillos aqueos que ha dirigido una campaña exitosa y ha peleado en cuanta guerra ha habido en los últimos años. Tindareo, si sientas a Diomedes en el trono de Esparta se sentirá lo suficientemente poderoso como para desafiar a Agamenón. Agamenón lo cree dócil porque Argos casi es tributaria de Micenas; pero al mismo tiempo, Salvo ser un gran guerrero, es un inútil para lo administrativo. En esa tareas, el que se destaca es Palamedes, como en la intriga y en el veneno. Agamenón puede darse el lujo de jugar con el león y la serpiente porque puede aplastar a una y quemarle la melena al otro cuando quiera, pero tú Tindareo, o tu hija Helena, estaréis en desventaja con cualquiera de ambos.

Tome resuello mientras los semblanteaba, ambos parecían muy de acuerdo con mis opiniones; proseguí:

-A Diomedes y Áyax los pusimos como últimas alternativas de nuestra lista por lo partida geográficamente que la Hélade quedaría. Si Diomedes gobierna en Esparta deberá abdicar en Cnossos, y no creo que acceda a ello; corres el riesgo que Diomedes se lleve a Helena a Creta y pretenda gobernar Esparta desde allá. Eso no podría durar, no pasará nada antes que algunos de tus sobrinos o parientes reclame el trono para sí y Esparta se verá envuelta en una guerra. Con Áyax pasará exactamente los mismo, sólo que tal vez tome un poco más de tiempo… Pero Menelao… ¿Quién discutiría a Menelao? ¿Quién se pondría en contra al hermano de Agamenón? Es un necio y un tonto, se siente a disgusto en Micenas excepto cuando está en campaña; tendrá su propia ciudad y Agamenón se sacará e encima al hermano tonto al que no cesa de regañar por sus insensateces. De esa forma, Agamenón se asegurará el dominio de Atenas por medio de Menesteo, de Argos por medio de Diomedes contrapesándolo con Palamedes y de Esparta por medio de su propio y estúpido hermano. Esparta, además, queda en la retaguardia de Argos y Atenas. Es decir, al mismo tiempo les pondría un grano en el culo a sus propios títeres por si aquellos quisieran traicionarlo. Agamenoón verá con muy buenos ojos que el elegido sea su hermano bobo, el necio Menelao, Tú, Tindareo, o Helena cuando te herede, podrán dominar a ese necio con sólo mover el dedo meñique. Menelao es la mejor opción…

Miré a uno y a otro y pude notar que los había convencido plenamente. Los dos tenían una especie de media sonrisa en el rostro y asentían rítmicamente con la cabeza, Néstor fue el primero que habló, pero casi ininteligible, hablaba para sus adentros:

-¡Daimón Negro! ¿Cómo es que yo no pude verlo hasta ahora?

Y el viejo Tindareo agregó:

-Odiseo Laertíada, Fecundo en Ardides, (esta fue la primera vez que recibí ese mote) quise tanto a tu abuelo, que vengo a sentir que tu mismo eres un regalo que él me hace en honor a la amistad que nos unía y que yo ahora te comparto. Es una idea tan cínica y arriesgada, como magnífica y perfecta. Lo tiene todo a favor y nosotros, ancianos de años, no la habíamos siquiera entrevisto. Lamento que mis días ya culminen Odiseo, se hablará tanto de ti y yo que no estaré para escucharlo. Dime, aparte de mi agradecimiento y de mi amistad… ¿Hay algo que pueda hacer por ti?

-Veo que nada se te escapa, ilustre Tindareo, y creo que el propio Néstor ha tenido algo que ver en ello.

Miré hacia el viejo rey de Pilos y su sonrisa me confirmó que aquel ya debía conocer mis intenciones con Penélope y que también ya se lo habría participado al rey de Esparta. Un tanto incómodo de que mis amores fueran la comidilla de dos cortes helenas proseguí:

No he tomado esposa aún y conocí en Esparta una joven digna de ser convertida en mi reina. Es vuestra sobrina Penélope.

-Jhummmmm, no será fácil convencer de eso a mi hermano Icario, es decir, sería fácil que el te la conceda, y más si media mi palabra. Sin embargo, hablas de hacerla tu reina, y deduzco que eso será lo complicado. Penélope es la única hija viva que le resta a mi hermano. Me cuesta creer en que consienta dejarla partir. Tu sabes, es de la vieja estirpe, de esa estirpe en la que la mujer no deja su casa y es el hombre el que se aviene a ella. La misma Penélope ha sido educada en esa tradición, ¿le has preguntado lo que piensa al respecto?

Uno de los errores de estos tiempos de la era atómica y las redes sociales es creer que la historia del hombre y sus conquistas sociales evolucionan en una sola dirección. Troya fue un punto de inflexión en la historia de los hombres, casi cuatro siglos de oscurantismo sobrevinieron a la caída de las murallas de Ilión. Antes de ello, en casi todo el mundo conocido las mujeres tenían derechos como no se conocerían hasta nuestra época. No era así entre los aqueos y no sería así entre los Helenos dóricos para quienes las mujeres no fueron más que un mueble. Pero las mujeres de la vieja estirpe minoico/micénica elegían a sus maridos, y si eran de alta cuna, no era común que abandonasen su hogar. Este lugar que la mujer se había hecho en el mundo conocido del 1300 AC era bastante similar en casi todos los imperios o reinos de la época. Las mujeres Mittanias por ejemplo eran dueñas de casas de comercio. las mujeres hititas eran muy respetadas y ninguna podía ser obligada a casarse contra su voluntad y la ley les permitía heredar a su maridos si aquellos morían. Leyes similares las protegían en Babilonia y en Tameri, el país de los juncos. La sujección de la mujer por parte del hombre es cosa más cercana a nuestro tiempo que al de los antiguos.

El anuncio se llevó a cabo y, tal cual lo esperábamos; Agamenón estuvo más que complacido. El mismo Menelao no cabía en sí de su gozo. Diomedes e Idomeneo parecían los únicos contrariados, pero tanto Palamedes como Néstor se encargaron de apagarles los ánimos. La boda fue de un fasto poco común. Pero resuelto ya el concurso lo que quedaba eran aquellas reuniones secretas de las que hablé en mi entrada anterior; en las que se decidían la  probables campañas que Néstor y yo logramos momentáneamente posponer.

Pero a mí nada me importaba más que Penélope. No se había equivocado Tindáreo al exponerme sus dudas respecto a las posibilidades de que su hermano Icario dejara marchar a Penélope. Pero aquello no fue lo más grave. Lo más grave fue la propia decisión de Penélope.

– ¿Me pides que abandone Esparta? ¿Que deje mi ciudad? ¿Que abandone a mis padres ancianos quizás para ya no volverlos a ver? ¿Acaso ignoras las costumbres de nuestra raza? ¿Al final de cuentas te comportas como uno más de esos mugrosos Aqueos?

Así, una tras otra y en andanada, Penélope me planteó las razones que separaban nuestros mundos, aquello que tornaba imposible la boda que los dos anhelábamos. En la vida todo se aprende por ensayo, prueba y error; el amor no es la excepción. Yo había supuesto que bastaba el deseo de estar juntos, que ya sincerados de nuestros mutuos sentimientos ninguna dificultad podía oponérsenos. Error, dos que se aman siguen siendo dos, y muchas veces los deseos propios nos llevan por diferente camino.

Aquello era de un dolor tan intenso que aún evocarlo hoy, tras tantos siglos, me oprime el pecho hasta hacerlo rozar contra el alma. Yo no alcanzaba a comprender que ella dijera amarme y no fuera capaz de abandonarlo todo por seguirme. Y ella sentía, con justicia, exactamente lo mismo. Uno de los dos debía ceder y ninguno quería hacerlo. Y al mismo tiempo cada uno achacaba al otro una crueldad impropia para con los sentimientos que en aquellas semanas nos habíamos prodigado. Cada vez que nos veíamos no hacíamos más que herirnos recriminándonos uno a otro hasta separarnos enfadados. Me sentía tan frustrado, ya era considerado uno de los principales caudillos de la Hélade; podía  inmiscuirme en asuntos que involucraban la vida de miles, pero no podía convencer a aquella joven tan sabia como testaruda de las conveniencias de ser reina a mi lado en Ítaca. Cuando uno no sabe cómo resolver una situación, lo más seguro es que termina por hacer una tontería.

Decidí fijar una fecha de partida y se lo dije. La cité a la vera del estanque de aquel arroyo donde la había conocido. Los hombres solemos caer en este tipo de patetismos, una especie de superstición para alcanzar aquello que nos parece esquivo. Con esa estúpida seriedad con la que uno se inviste para estos casos le dije:

-Penélope, en tres días parto hacia Elis. El mayor deseo de mi corazón es que partas a mi lado. Pero si no lo haces, partiré solo.

Era temprano a la mañana, ese día no hacía tanto calor, vino vestida con un peplo celeste en lugar de su habitual kitón; con cintas del mismo color había atado sus cabellos, me miraba ansiosa desde esos ojos sesgados que se me clavaban en un lugar indefinido, pero bien profundo adentro de mi alma. En aquel cielo espartano no había una sola nube y cientos de pájaros entremezclaban sus trinos con el ruido del agua que corría. Juntó sus manos y se las restregaba, gruesos goterones asomaron a la herbacidad de sus ojos, creí que se enfadaría, que me gritaría… no hizo nada de eso, me habló con aquella dulce voz con la que podía convencerme de cualquier cosa:

-Odiseo, tonto orgulloso, no nos hagas esto; vamos a lamentarlo el resto de nuestras vidas. Ambos sabemos que la vida perderá toda su sal si nos privamos el uno del otro, que ya nada nos hará reír y que todo nos sabrá insulso; Odiseo, amor mío, por favor, no te vayas.

Cuando terminó su frase las lágrimas ya habían hecho cauces en sus mejillas, me apretó ambas manos entre las suyas y se arrodilló a un paso delante de mí.

Yo también me arrodillé y la abracé atrayéndola hacia mí para que llorara en mi hombro.

-Debo irme. Le dije, pero como imponiéndomelo, temiendo que si no lo decía en ese instante no lo podría llevar a cabo luego.

Entonces ella se incorporó y me dirigió una mirada con la que trataba -o eso sentí- de traspasarme su voluntad para que yo cambiara la mía

– Debo irme. Volví a repetir ya como una letanía.

-Entonces te llevarás esto. Me dijo, y aferrándome del kitón me besó con toda la inexperiencia y el encanto del primer beso que daba..

Me quedé patidifuso, un sabor de mentas me había quedado impregnado en los labios (hay noches en las que me despierto de mis sueños con ese sabor en mi boca) repentinamente se mezcló con otro sabor más intenso, más salado… yo también estaba llorando.

Creo que me dijo algo como:

– Yo no voy a seguirte. Pero te esperaré siempre.

– No me esperes. No voy a regresar.

Le dije enojado y al mismo tiempo atravesado por dentro, y fui en busca de mi cabalgadura, ya que esta vez no había llegado caminando. No me volví para verla y cabalgué mi caballo hasta Esparta casi hasta hacerlo reventar.

Ese mismo día me despedí de Tindáreo y le avisé que al día siguiente partía de retorno a Ítaca, no podía siquiera esperar los tres días que le había dicho a Penélope, no me creía capaz de tolerarlo. El rey no me preguntó nada acerca de mis asuntos con su sobrina; supongo que no le sería necesario, mi rostro debía decirlo todo.

Al otro día salí de Esparta. Varias veces debí detenerme para esperar a mis tres criados, de tanto que espoleaba a mis caballos. Cabalgaba en silencio y muchas veces llorando. Mis criados no se atrevían a hablarme. Cuando nos deteníamos para alimentarnos casi no tocaba la carne asada, ni los quesos, ni las uvas, ni las olivas. Cada paso que daba me alejaba de Penélope. Tres días a caballo hacia el norte hasta llegar a Elis, en el Norte de la Arcadia. Allí debíamos abordar un barco que nos llevara a Cefalonia. Estábamos con suerte, al otro día zarpaba uno. Ni Elis ni las islas exteriores eran demasiado importantes; a veces podían pasar un par de semanas hasta que saliera un barco en dirección a las islas; pero en la buena estación casi todas las semanas un barco hacía el viaje hasta Cefalonia. Desde allí podía tomar cualquiera de los barcos que a diario hacían la ruta hasta Ítaca.

Conocía bien a Sífax, el capitán y a Polícpeto, su piloto. Ambos eran cefalonios y hacían habitualmente el viaje entre las islas y la Arcadia.  Cuando todo mi equipaje estaba ya en el barco, volví a pensar en Penélope y les dije a mis hombres.

-Espero noticias de un rey amigo, embárquense ustedes y vayan con mi padre a informarle que pronto estaré en Ítaca. Yo debo permanecer aquí un tiempo más.

Hakios, quien además de acompañarme todo ese tiempo en Esparta era casi el jefe de mis guardias, me miró intrigado unos instantes pero finalmente no preguntó nada e hizo todo tal cual le indiqué.

Elis no era entonces más que una aldea portuaria; es decir no había en ella un caudillo aqueo que la gobernara. A cambio, sí tenía un consejo de ancianos (gerusía) que me agasajó ofreciéndome una casa pequeña donde alojarme y todos los alimentos y vino que requiriera durante el tiempo de mi estadía en aquella “ciudad”.

Fueron extraños esos días en que permanecí solo en Elis. Casi no recordaba una situación similar en toda mi vida… estar sólo, libre de las responsabilidades de gobernar o intrigar, era liberador… y podía solazarme a mi antojo y sólo pensar en Penélope. Luego de varios días tomé una decisión, no quería perderla.  Retornaría a Esparta, la haría mi esposa y probablemente no volvería a Ítaca ni a mis islas. Ya vería de ganarme la confianza de Tindareo y , quien sabe, hasta podría manejar al idiota de su yerno. Salí de aquel pequeño cuarto y marché a la gerusía para agradecer a los ancianos y despedirme. Noté gran excitación en las afueras del edificio. Cuatro caballos escitas, de los que suelen usar los jinetes espartanos, estaban liados en las afueras del edificio, estaban transpirados y sus arneses polvorientos, como si recién llegaran de una larga cabalgata. Yo iba entrando al edificio cuando me pareció ver soldados, ya estaba dentro cuando me dí cuenta que conocía a uno de aquellos soldados… ¡Era el arquero que me había apuntado el día que conocí a Penélope!

Apenas se formuló su nombre en mi pensamiento cuando la vi en el centro del edificio hablando con el anciano que dirigía el consejo. Apenas me vio corrió hacia mí y nos abrazamos… me dijo al oído, entre lágrimas

-Agradezco a los dioses que no hayas partido y que pude alcanzarte. No puedo vivir en ningún lado en el que tú no estés. Llévame a Ítaca; seré tu mujer, tu reina, tu esposa lo que quieras que sea, pero seré tuya así como tú mío.

Y así fue. Nunca le dije que yo también había decidido volver por ella y renunciar a todo. Esas cosas del orgullo con la que los hombres nos engañamos.

Volvimos a Esparta para nuestra boda y volvimos a emprender el viaje de regreso a Ítaca; a la que llegamos cuando el Bóreas ya había traído el invierno.

Todas las historias son parciales; es decir, retazos de una historia mucho más vasta e infinita. La historia de Odiseo y Penélope narrada hasta este punto, parece una historia con final feliz. Sólo que ustedes conocen el resto: la partida hacia Troya, los años de la guerra, los largos años del interminable viaje de regreso.

El breve tiempo que medió entre nuestra boda y mi partida hacia Troya fue el de mayor felicidad que recuerde de toda mi larga existencia de Inmortal. Penélope ha sido para mí, una especie de metro patrón con el cual fueron medidas el resto de las mujeres que en mi inmortal vida conocería. Se que eso es una estupidez y que es injusto para con el resto de las mujeres que han de valer por sí mismas sin necesidad de que se las compare con ninguna otra. Por más que esa otra llevó el nombre de  Penélope. Pero está visto que la inmortalidad no me libra de la estupidez.

En este blog habrá otras historias sobre Penélope; y seguramente las otras no terminarán en un parcial final feliz.

Pero ya hace rato que vienen sobrándome las palabras… con todo, siendo tantas las palabras que utilicé para estas evocaciones, les aseguro que fueron todavía muchas más las lágrimas que debí derramar para vivirlas, primero… y para narrarlas aquí, después.

Críticas Literarias

Minientrada

Odiseo el prejuicioso

(Mientras esperamos la prometida historia del momento en que conocí a Penélope vayan estas grageas)

Quien dice que no es prejuicioso tiene el mayor de los prejuicios, el de la verdad.

Vale entonces  arrriesgarse a pasar por bocón y atolondrado.

 Hace algunos meses, compré dos libros: “Resurgir” de Margaret Atwood y “En América” de Susan Sontag.

De la primera me impresionaba que todos los años se la mencionara como posible candidata al literario Nóbel; y de la segunda sólo oía hablar maravillas a cuanto crítico especializado escuchaba… aunque esto suele suceder cuando la muerte del autor -como la de Sontag en este caso- es reciente.

De ninguno de ambos libros llegué a leer más allá de la página treinta. Veamos los prejuicios que estas lecturas abortadas han reforzado en mi necio acervo:

1º Prejuicio: Difícilmente concuerde mi gusto con el de los críticos especializados. En especial los que son estratégicamente mantenidos por las editoriales.

2º Prejuicio: No quiero pecar de patriotero, pero, si he de guiarme por los que he leído (Carver, Salinger, Ferlinghetti, Vunnegut, Pynchon, Kerouac, Doss Passos, Philip Roth, etc), la verdad es que los narradores americanos contemporáneos me aburren hasta el empacho. Sontag no es la excepción y Atwood sigue la línea, a pesar de ser canadiense. (Me encantan Bukowsky y Steinbeck, pero no creo que pueda considerárselos contemporáneos). Me quedarían dos posibilidades para cambiar mi prejuicio; todavía no leí lo suficiente a Paul Auster y bastante menos que eso a Don De Lillo… pero alguien puede garantizarme que sus volúmenes no vayan a sumarse a los estantes de “libros sin leer” de mi biblioteca.

3º Prejuicio: Quien quiera podrá acusarme de machista, sexista, misógino o lo que fuera, pero la verdad es que no he leído a ninguna narradora contemporánea -de ninguna nacionalidad- que llegara mínimamente a emocionarme. La prosa femenina contemporánea (no así la poesía) no ha logrado nada conmigo… aunque ahora me descubro mintiendo; Joan K Rowling ha logrado inspirarme por lo menos dos emociones significativas: verdadero azoramiento e igual de verdadero asco.

Palamedes, o la Venganza del Arado.

Droysen, padre de la historiología moderna, decía que la Historia que conocíamos no era realmente “La Historia”; sino una interpretación de la verdadera Historia.

También decía que mediante un cuidadoso estudio, comparación y decantación de las fuentes, el historiólogo podía aproximarse lo más fidedignamente a esa verdad histórica; pero que esa ‘verdad’ sería, en el mejor de los casos,  la mejor aproximación posible a una realidad histórica que jamás podríamos capturar en su integridad.

Les diría que el joven Gustav Droysen no llegó solo a esas conclusiones, y hasta podría contarles sobre cierto profesor inmortal que lo indujo a ellas; pero ‘esa es otra historia’, perdón, mejor dicho: esa es otra interpretación de la historia.

Lo que no noté enton… digo, lo que el profesor del joven Gustav no notó entonces; es que hasta la memoria de la propia historia personal es ya una interpretación de la realidad que está condicionada por una psique. Y que las psiques humanas (aún la de un Inmortal) están condicionadas por múltiples factores que siempre velan por la cordura y subsistencia lógica de las mentes que las albergan. Y lo más importante para nuestro caso, es que a ese proceso le importa un rábano ser consecuente con la realidad histórica. Vale decir, si pudiera darse el escandaloso caso de que un guerrero aqueo, digamos: Odiseo, sobreviviera hasta estos días por arte de ciencia, magia o gracia de alguna divinidad olímpica; y si este Inmortal Odiseo viniera y les contara acerca de la Guerra de Troya… todavía debemos tener la precaución de que su relato está condicionado por su psique. Una psique condenada, además, a vivir miles de vidas en diferentes épocas de la ‘historia’.

Atrevámonos todavía una aberración lógica más. Supongamos que otro Aqueo, -o mejor aún, a un Troyano- le fuera concedida la inmortalidad y tal engendro ilógico llegara vivo también  a estos días y escribiera en un blog similar a éste… ¿suponen que su relato coincidiría con el mío? Probablemente en muchos aspectos; pero en muchos otros diferiríamos de tal modo que nadie sabría a quien darle la razón. Y lo conveniente sería no dárnosla a ninguno, ya que la razón y la realidad se parecen tanto entre sí como el cielo a las nubes; y así como las nubes impiden ver el verdadero cielo, la razón nubla la realidad hasta que mejores vientos la despejen.

¿Qué es lo que trato de decir con estas farragosas y largueras parrafadas?… Que aún lo que yo, Inmortal Odiseo, cuento sobre la guerra de Troya, debe tomarse como una interpretación más de lo que realmente sucedió en Troya. Pero, lo que si les aseguro, lo que me comprometo a volcar en este blog, es que será la más rica e incontrastable de todas las interpretaciones sobre la Guerra de Troya que hayan leído nunca.

En la entrada del 09 de Junio (Anaximandro, el que no fue a Troya por gloria Inmortal –  https://inmortalodiseo.wordpress.com/2013/06/09/anaximandro-el-que-no-fue-a-troya-por-gloria-inmortal-2/) ya tuve aproximaciones acerca de los motivos y razones ‘reales’ de la guerra, y no solamente acerca de su excusa: el rapto de Helena por parte de París.

También allí introduje el nombre de un personaje cuya sola mención me produce  escozor en los labios y en la memoria del alma: Palamedes.

Palamedes Náuplida, Palamedes el ingenioso, Palamedes el vil, Palamedes el nefando, Palamedes el taimado… ese pedazo de hijo de puta de Palamedes.

Entre la mitología, los historiadores y Wikipedia no logran ponerse muy de acuerdo acerca del origen de Palamedes. Arriesgan algunos que su origen es Argos, lo cual es una tontería mayúscula, en especial porque Argos era tan de Agamenón como Micenas. Algunos de los que incurren en esta tontería se apresuran a decir que era general de Agamenón y otros trataron de desdecirse de esta tontería para incurrir en otra: la cual es declararlo oriundo de Nauplia, pequeña ciudad a misma distancia de Argos y Micenas y tributaria de la primera, lo cual explica, dicen los que abonan esta tonteoría(1), que algunos lo mentaran Argivo.

Lo real es que Palamedes, hijo de Nauplio, (de allí que lo supusieran de Nauplia) era nacido en la isla Eubea, en la ciudad de Calcis, donde reinaba Nauplio, su padre.

Aquí debo detenerme a contar algo engorroso (trato de escaparme de la aburrida verba de los manuales de historia pero a veces no se puede) y un tanto difícil de comprender.

Muchas veces, demasiadas, la historia se cuenta de tal manera que pueda ser aceptada por los oídos que la escuchan. Verbigracia, los historiadores hablan de la caída de Roma entre imágenes de fuego y saqueo que en verdad jamás ocurrieron. Pero hablar de un desarrollo progresivo de los bárbaros en el imperio hasta el momento en que ya no era fácil discernir qué era ser bárbaro y qué era ser romano, y que en realidad la de Odoacer no fue una invasión, sino un golpe de estado… parecería un relato inaceptable, poco romántico y poco épico, para una ciudad que había dominado el mundo. Lo real es que el proceso de la caída de Roma se pareció más al desmembramiento de la URSS que a la romántica caída bajo el fuego y el saqueo de los Visigodos, que casi ya no se reconocían por ese nombre.

El proceso que llevó a los Aqueos a ingresar en la Hélade y desplazar a las viejas estirpes de reyes micénicos fue similar. No fue una invasión espontánea y organizada, sino un lento proceso de cambios de poder y relaciones estratégicas en el que aquellos que contaban con el poder militar (los Aqueos) fueron desplazando a quienes los habían contratado como mercenarios –en algunos casos- o como aliados de sangre mediante casamientos –en muchos otros-.

Este proceso, no se dio igual, ni al mismo tiempo, en toda la Hélade; y la verdad es que así pasa generalmente con todos los procesos históricos.

Pero los que redactan manuales de historia parecen estar contentísimos de mostrar sus líneas de tiempo de tal modo que “En este mojón doblan los vientos de la historia”; “a partir de aquí sucedió tal era a tal otra”… Los humanos somos tan efímeros, tan infestados de temporalidad estamos que a todo necesitamos verlo sucesorio. Casi los comprendo, se necesita ser Inmortal para contemplar que la historia no son ciclos parciales, sino un ciclo de eternidad que fluye constantemente. La conclusión es simple: la eternidad no puede ser aprehendida por partes porque tal cosa como un “retazo de eternidad” es una contradicción inadmisible. Sin embargo los hombres viven empeñados en mantener vigente esa contradicción.

Decía que en el contexto histórico en el cual sucedió la Guerra de Troya, en la Hélade se habían dado una serie de cambios en los que las viejas estirpes de reyes micénicos estaban siendo reemplazadas por los Aqueos que, en su mayor parte, provenían del norte. Muy largo y aburrido sería hablar aquí de ese proceso. Basta decir que la mayoría de los caudillos Aqueos eran novatos gobernantes en sus ciudades, pero que en casi todas ellas convivían con la antigua nobleza micénica(2) y que en algunas (las menos) la vieja estirpe conservaba todavía el poder. Yo, Odiseo, era hijo de Laertes, quien era Aqueo; pero mi madre, Anticlea, era hija de Autólico, quien era de estirpe micénica.

En el artículo del 09 de Junio también expliqué que la vieja estirpe era mucho más ilustrada que la de los Aqueos, que tanto yo como Néstor (un auténtico y completo micénico de la vieja estirpe) sabíamos por ello leer y escribir, y que esto era algo tan infrecuente entre los aqueos de entonces como conocer hoy día la teoría de cuerdas.

Palamedes Náuplida, el ingenioso y vil pelmazo, también sabía leer y escribir, él y su padre también eran de la vieja estirpe micénica.

En la plana mayor de  los helenos que fuimos a Troya, había sólo dos soberanos de esa vieja estirpe micénica: Néstor y Palamedes; y un tercero que podría ser considerado de sangre mixta: Inmortal Odiseo. La principal de nuestras tareas estaba referida lo que hoy se llamaría “Inteligencia Militar” (sí, lo sé: un verdadero Oxímoron) y a aconsejar política y estratégicamente a Agamenón.

Otro de los reyes de la vieja estirpe micénica era quien reinaba en Esparta (ciudad que entonces se llamaba Amiclas, sólo que Homero no podía dejar a los espartanos fuera de la historia fundacional de los Helenos sin riesgo para su salud y la inmortalidad de sus versos) el viejo rey de Esparta era Tíndaro, o Tindareo si gusta más, quien era padre de dos pares de mellizos mixtos. Los mellizos mayores, Cástor y Clitemnestra y los menores, Pólux y Helena. De esto queda claro que Cástor y Pólux eran hermanos mellizos, pero no entre sí, sino que cada uno lo era de una hermana mujer.

Tindareo tenía un hermano llamado Icario, quien a su vez era padre de una bella y cabal jovencita micénica de la vieja estirpe, una joven que conocí en la misma Esparta con el nombre y la figura que me perseguirían a través de los siglos: Penélope.

Cástor y Pólux, los dos hijos varones del viejo Tindareo habían muerto. Clitemnestra, su hija mayor, estaba casada con Agamenón y reinaba con él en Micenas. Quien se casara con Helena se convertiría en rey de Esparta, pues el viejo Tindareo estaba decidido a abdicar.

Supe después que la idea del “llamado a concurso” para elegir al esposo de Helena (y consecuente rey de Esparta) no fue de Tindareo, sino de Agamenón; lo que equivale a decir de Palamedes, pues el desgraciado era su asesor desde hacía varios años. Los mensajeros para llamar a la reunión en Esparta llevaban los sellos de esa ciudad, pero  eran argivos. La fama acerca de la belleza de Helena no era infundada, Teseo de Atenas la había raptado cuando apenas había dejado de ser niña y el rescate por parte de Cástor y Pólux  implicó una especie de golpe comando que incluyó hasta un contra-rapto de la madre de Teseo para desviar la atención del matador del Minotauro y poder así rescatar a su hermana. No le saldría gratis a Teseo aquel rapto, una intriga en su palacio provocó la muerte de su propio hijo Hipólito. Y una segunda intriga, fomentada por Argos, Esparta  y Micenas (Agamenón, Clitemnestra, Tindareo y Palamedes) acabó con el reinado y la vida de Teseo para poner en su lugar a Menesteo, un hábil y eficiente guerrero, pero totalmente inhábil en la administración política; pero que no la necesitaba, ya que prontamente se convirtió en un títere de Agamenón. Pero es que, piénsenlo; de haber estado vivo Teseo, ¿creen que otro que no fuera él podría haber conducido a los Aqueos en Troya? ¿Imaginan que alguien podría decirle a Teseo, “recibirás mis órdenes”?

Teseo murió, el obediente Menesteo reinó en Atenas, los hijos del rey de Esparta también murieron en circunstancias un tanto extrañas… y convengamos en que es, por lo menos, extraño ser declarados repentinamente una constelación en el cielo bajo el nombre de Dióscuros, cuando al menos uno de ellos podía ser rey de una ciudad aquí en la tierra.

Y finamente el concurso para desposar a aquella Helena, tan bella, que Teseo la había raptado aún cuando todavía no se sabía si podía sangrar.

Pero a la reunión en Esparta no sólo llegaron reyes y caudillos solteros. Allí llegaron también Néstor de Pilos, Arcesilao de Tespia; Protoneor de Hiria; Ífito de Focia; Euríalo de Epidauro; Agástenes de Bucracio; Meges de Duliquio; el etolio Toante; Tlepólemo hijo de Hércules y rey de Yalisso… todos ellos estuvieron en Esparta cando el concurso por Helena, con una particularidad: todos ellos no podían concursar por Helena porque ya estaban casados. En aquella época, algunos reyes tenían más de una esposa e incluso concubinas, pero no se podía tomar a la reina de Esparta como a ‘otra esposa’ y mucho menos como concubina. Ellos, y tantos otros que mi memoria no recuerda, no fueron a Esparta por Helena. El concurso por las bodas de Helena fue la excusa para juntar a todos los caudillos helenos y organizar una expedición bélica que nos permitiera acceder al cobre que en nuestras montañas faltaba. Una reunión de todos los caudillos Aqueos pondría sobre alerta a los servicios de espionaje (por favor, por supuesto que ya existían) de todas las potencias de la época. La boda fue la excusa de la reunión como después el rapto sirvió de excusa para la guerra.

En las reuniones secretas el que más habló fue Palamedes; con el tiempo quise suponer que necesitaba sobreactuar, que al no ser de sangre aquea necesitaba verse ante ellos como más aqueo que los mismos aqueos.Eran los reyes más ricos y poderosos los que querían ir a una guerra. Agamenón, Diomedes, Idomeneo, Menesteo, Áyax, Protesilao, Filoctetes. En cambio, los reyes pobres, como este servidor, mostramos serios reparos para ir a una guerra por el metal que armaría ejércitos que nosotros (los reyes pobres) no teníamos. Fueron duras las posturas a favor de uno u otro criterio, pronto se notó que los dos líderes por mantenernos en la paz éramos Néstor y yo; como del mismo modo se percibió claramente que quienes promocionaban una guerra eran Agamenón y Diomedes, quienes confiaban en la prodigiosa verborragia de Palamedes para convencer de ir a una guerra al resto de los aqueos. Uno de los principales argumentos que el desgraciado utilizó fue la necesidad de mayor unidad entre los aqueos y las viejas estirpes micénicas, así, quienes se pusieran en contra de la campaña estarían propiciando la desunión de la Hélade. Maldito taimado.

Palamedes presentó tres tipos de campañas diferentes, las ventajas y desventajas de cada una de ellas, y la logística necesaria para llevarlas adelante con éxito, al menos a su propio decir.

Hasta aquí he hablado de las cuestiones internas de los aqueos. Se impone ahora echar una mirada a la situación geopolítica de aquel pedazo del mundo antiguo en el 1300 AC.

Las potencias más grandes eran Tameri (Egipto) y el país de Hattí (los hititas). Muy cercanos a ellos en cuanto a poder bélico estaban los Subartu (Asirios), solo que éstos estaban debilitados porque al sur de su territorio habían perdido terreno a manos de sus enemigos Kazzi (Casitas) que, con la ayuda de Egipto, habían hecho de su capital Babili (Babilonia) un bastión inexpugnable que impedía a los asirios el comercio marítimo por medio del Tigris o el Éufrates. Perder la salida al golfo pérsico hizo perder a los Asirios el comercio con Dilmún y Harappa. Para compensar estas pérdidas decidieron atacar en el norte a los Hititas y tomar las minas de cobre que allí tenían los de Hattí. Pudieron hacerlo porque los Hititas estaban estancados en una larga guerra contra Maduwattas, soberano de Arzawa. Apenas los Asirios tomaron las minas de cobre hititas, el viejo Maduwattas (una de las cabezas coronadas más brillantes que conocí) ofreció una tregua y una alianza a los hititas. Los hititas aceptaron la alianza como un sediento acepta agua en el desierto. Asegurada la paz en lo que hoy se conoce como la península Turca, los hititas necesitaban el cobre para sus ejércitos. Sólo tenían dos posibilidades, recuperar sus antiguas posesiones en poder entonces de los asirios implicaba una guerra terrible, sangrienta y de dudoso éxito, pues los carros hititas (su fuerte) serían inútiles en las montañas. La otra era conquistar Alashia (Chipre), la isla del cobre. La que suponían un objetivo relativamente fácil… si pudieran contar con una flota con la que llevar sus ejércitos, sus carros y sus provisiones. ¿Dónde conseguirían los hititas una flota semejante? ¿Quiénes contaban con una flota así que estuvieran dispuestos a ofrecerla? No podían pedírsela a las ciudades Cananíes como Giblu (Biblos) o Sidonu (Sidón) pues ellos eran aliados de Egipto; tratar de tomárselas por la fuerza implicaba la guerra directa con Egipto del mismo modo que le pasó a Sadam con USA cuando se atrevió a meter sus dedos en Kuwait. El país de Mittanni casi era un tributario de Hattí, tenía mar y puertos, pero sus barcos eran comerciales, no tenía flota de guerra. ¿Dónde acudir por una flota de guerra que les permitiera tomar Chipre, la isla del cobre?

Allí fue que acudieron a su nuevo aliado (Maduwattas) para que éste gestionara con sus vecinos lindantes del norte una alianza que les permitiera contar con la imprescindible flota. Un aliado que no tuviera tratos directos con Egipto, que no estuviera al alcance de una posible venganza Asiria, que su comercio no dependiera directamente del Thalasa (Meditterráneo) sino de mares más lejanos… ¿Quiénes suponen que fueron estos aliados a los que los hititas registraron en sus tablillas como Dárdanos? Claro… los troyanos. ¿O acaso no se han preguntado cómo una ciudad marítima poderosa no contaba con una flota que impidiera el desembarco de las naves Aqueas?

En naves y tripulaciones troyanas llegaron los hititas a Alashia (Chipre) en pos del imprescindible cobre. Sólo que, así como la URSS apoyó a los vietnamitas en su guerra con USA y del mismo modo los estadounidenses apoyaron a los talibán en su guerra contra Rusia en Agganistán, los egipcios apoyaron de todo modo posible a los Alashii (chipriotas) para que estos pudieran sostener una de las primeras guerras de guerrillas de la que se guarde registro. Con el oro egipcio los Alashii contrataron mercenarios de todo el Thalassa: Aqueos de la Hélade, Tirsos, Shequelios, Sardanios, de todos lados se alistaban para ir a resistir en Chipre. En represalia, los Hititas decretaron un bloqueo comercial en todo el Thalassa oriental que estaba bajo su influencia.

Resumiendo: Los egipcios apoyando las revueltas que debilitaban a sus rivales hititas y asirios. Los asirios quedándose con el cobre para sí y no pudiéndose negociar con ellos por el norte porque allí estaban Troya y Arzawa, que se habían convertido en sus enemigos indirectos por sus alianzas con los Hititas. Los hititas decretando un bloqueo comercial que impedía comerciar con las ciudades Cananíes o con Mitanni. Los únicos lugares donde los aqueos podían conseguir cobre eran Egipto o el Thalasa occidental. En ambos casos eso implicaba navegación de altura, lo que en aquel entonces implicaba que sólo uno de cinco barcos retornara a su puerto de partida. En esas condiciones el costo del cobre sería tan alto que era preferible su escasez. Y eso es lo que ya teníamos, ya que en toda la Hélade el cobre era escaso.

De todo esto y tanto más, hablamos en aquellas reuniones secretas que llevábamos a cabo los aqueos en Esparta. Con estas cuestiones nos llenaba los oídos Palamedes, que era algo así como el secretario de estado de Agamenón. Palamedes no obraba abiertamente, me llevó varios días descubrir como obraba esa asquerosa sierpe, iba envolviendo a los aqueos de a uno, les prometía alianzas, botín, comercio, seguridad… a cada oído le ofrecía aquello que el oído deseaba escuchar.

No hizo ningún intento con Néstor ni conmigo, no malgastaba sus esfuerzos y rápidamente había juzgado que estábamos manifiestamente en contra de sus intrigas. Esto era peligroso, claro, implicaba enemistarse con Agamenón, el más poderoso de todos los reyes aqueos. Pero, sea que tanto Pilos como Ítaca estaban bastante lejos de Argos y las posibles represalias del átrida, o acaso fuera porque había un halo de respeto por dos de las cabezas helenas más reconocidas, especialmente por los de la vieja estirpe micénica; por ésta o aquella razón, tanto Néstor como yo nos decidimos a socavar la causa de Palamedes y Agamenón. También nuestra verba resultó efectiva, allí donde Palamedes creaba entusiasmo, nosotros trabajábamos para despertar la precaución y el reparo. Y hasta en los msmos oídos de Agamenón hicimos notar las consecuencias de llevar adelante las campañas que Palamedes proponía. Las cuales fueron tres. Una de ellas era una expedición a Tirsa, lo que varios siglos después sería Italia; pero le hicimos ver lo desatinado que era llevar mil barcos a una navegación de altura en mares mayormente desconocidos para los aqueos. Aún suponiendo que pudiéramos llegar a Tirsa, no teníamos referencias claras de las ciudades o sus condiciones militares, ni siquiera teníamos nociones ciertas de que los tirsos tuvieran suficiente cobre. Y todavía peor, sabíamos que en esos mares comerciaban los marinos Cananíes, intervenir allí era ponerse de enemigo al faraón egipcio. La segunda propuesta era todavía más arriesgada: era realizar la campaña contra Mitanní, el país de los amurru. Pero esto haría volverse de inmediato a los Hititas contra nosotros; y aún suponiendo que no pudieran devolvernos el golpe por sus problemas en Chipre, tampoco los egipcios se quedarían de brazos cruzados si los aqueos nos atreviéramos a navegar nuestras naves tan cerca de sus vías de predominio. La tercera de las campañas era ir contra Troya, todos la consideramos la más factible y se trató concienzudamente cómo llevarla a cabo, todos los detalles de la logística, cuáles puertos eran los más convenientes, cómo viajar, cómo reunirnos. Pero hubo un detalle que impidió que lleváramos a cabo la campaña de inmediato. Néstor y Odiseo les hicimos notar a los aqueos algo fundamental… Príamo era aqueo. Podía llegar a ser considerado un traidor aqueo por no suministrar el cobre y el ámbar que retenía, pero a la vez era aliado de los hititas y ellos habían decretado el bloqueo, Príamo podía alegar su alianza. De hecho, no era ningún tonto, bajo cuerda nos dejaba llegar pequeñas cantidades de cobre como contrabandos que él personalmente se arriesgaba a gestionar, aún desafiando el bloqueo decretado por su poderoso aliado hitita. De esta forma se mostraba amigo de la causa aquea sin comprometerse demasiado, y haciéndonos llegar insignificantes cantidades de cobre a un precio descomunalmente alto. El muy pillo.

Pero era aqueo, el había llegado al poder luego de que Hércules arrasara Troya unas decenas de años atrás, y lo había hecho casándose con la princesa luvia Hékapa (Hécuba). Atacar a un Aqueo invocando la amistad y la unidad de los aqueos se reñía con la lógica. Además era atacar a un aliado directo de los Hititas; existía el enorme riesgo de que la guerra en Chipre culminara, y qué creen que harían los Hititas contando en tal caso con una flota de guerra que pudiera obrar libremente. Palamedes no pudo contra nuestros argumentos y hasta el mismo Agamenón se sintió agradecido con Néstor y conmigo por haberlo aconsejado contra las impetuosas tonterías a los que quería llevarlo Palamedes.

Y Palamedes nos odió. Lo cual puso las cosas parejas, porque creo que yo ya lo odiaba. Lo odiaba como a todos los idiotas que prefieren ver correr la sangre, a deleitarse con mirar hincharse el redondeado vientre de una esposa encinta.

No obstante, había que resolver una boda. Tindareo pidió mi consejo y le hice ver que nada había más sabio que entregársela a Menelao, el hermano de Agamenón. Entregársela a otro podía generar disputas. Quién iba a disputársela al hermano de Agamenón. Además Menelao era un necio a quien Helena podría dominar con sencillez.

A Tindareo le pareció excelente mi idea.

-¿Qué puedo darte en premio de tu consejo?

– Una palabra a favor mío en los oídos de tu hermano Icario.

– Ya veo. -Dijo el anciano- se trata de su hija Penélope ¿verdad?

El viejo Tindareo mostraba claramente que era de la vieja estirpe de soberanos micénicos, esa que sabía exactamente lo que el interlocutor plantearía, antes de que lo dijera.

Cuando las bodas estaban celebradas, el desgraciado de Palamedes logró arrancar a los aqueos un juramento de asistencia recíproca en caso de ser atacados por una potencia extranjera o una ofensa capital contra cualquiera de los reyes. De inmediato pensé “¿Qué estará tramando?” pero nadie podía negarse a un juramento de tal índole… juramos. Pero yo seguía pensando “¿Qué mierda estará tramando este hijo de puta?”.

Pensé que, sin darme cuenta, había hablado en voz alta, pero era la voz del viejo Néstor que me susurraba al oído: “Este hijo de puta trama algo, cuidémonos”.

Ese algo fue llevar a Menelao lejos de Esparta en el mismo momento que arribaba a la ciudad una embajada troyana a cargo de Paris, el más mujeriego de los hijos de Príamo. El resto es historia conocida. El rapto, el reclamo de Menelao, y el llamado a todos los aqueos a cumplir con el juramento.

También es conocido lo otro, mi ardid para evitar ir a la guerra cuando el mismo Agamenón y Palamedes (el desgraciado seguramente previó que yo maquinaría algo y se encargó personalmente de recordarme el juramento) vinieron hasta mi palacio a buscarme. El ardid que consistía en simularme loco porque araba mis campos como si fuera una bestia sin razón. El desgraciado que arranca de brazos de Penélope a nuestro niño de pecho, el pequeño Telémaco, al que puso directamente frente al arado que yo guiaba… y el que debí desviar, para salvar la vida de mi hijo, pero al mismo tiempo delaté que estaba cuerdo. Agamenón sonrió y lo tomó como una broma. Seguramente simuló su enojo; Palamedes sólo sonreía.

Si vuelven a Wikipedia notarán que tampoco hay acuerdo sobre el modo de morir de Palamedes. Con brevedad se cuenta que Odiseo lo hizo ver como un traidor ante Agamenón y que este lo hizo lapidar por todo el ejército.

En resumen fue eso, sólo que ‘eso’ me llevó años. Palamedes era consejero del átrida desde hacía mucho tiempo, cambiar esa estima no podía ser resuelto con una simple carta incriminatoria fraguada (máxime si Agamenón no sabía leer).

Siempre sentí que esa maldita guerra de Troya sucedió, principalmente, a instigación de Palamedes; peor todavía, siempre me lamenté por estar en una guerra de la que me habría librado… a no ser por Palamedes. Por eso me vengué, por eso fui destilando veneno de a poco en los oídos de Agamenón, o mejor dicho, hice que otros (nunca yo) destilaran veneno en los oídos del Átrida acerca de Palamedes.

La piedra de toque fue una idea que luego, siglos más tarde, se la presté al magno para desacreditar a Menón delante de Darío.

Hice que llegaran noticias sobre el ataque de una pequeña flota Troyana que volvía de Chipre. Las noticias no llegaron todas juntas, ni de la misma fuente. Muchos de los que enviaban las noticias ni siquiera entendían el propósito de las mismas, aqueos alcornoques. Cuando todas las noticias se juntaron en manos de Agamenón el tendría recién el relato completo de aquella “realidad histórica”. Aprendí que antes que decirle algo a alguien; mucho mejor es que ese alguien lo descubra por sí mismo. Todos somos egóticos, todos nos creemos más a nosotros mismos que a un tercero, sólo que cuando nuestras percepciones fueron inducidas…

La pequeña flota, que en realidad sólo había atacado Quíos antes de volver a Chipre a toda prisa, había atacado –según los informes que poco a poco hice llegar a Agamenón- casi todas las islas del Egeo que habían quedado a nuestras espaldas. En cada noticia que llegaba se agregaban más islas. El mismo Palamedes contribuyó a mi causa cuando preguntó:

-¿Tus espías dicen algo de Calcis o de Eubea?

-No, los reportes de mis espías no dicen nada de la ciudad de tu padre Nauplio, guarda cuidado.

Ante los informes reiterados del ataque de esa pequeña flota troyana, sorprendía que la isla de Eubea no fuera tocada por las incursiones enemigas cuando esta era la de mayor litoral y contaba con casi todos nuestros puestos de aprovisionamiento casi totalmente indefensos.

Finalmente los informes develaron que la flotilla troyana había marchado de regreso a Chipre. Agamenón marcó en un mapa las islas atacadas, en el centro se veía a Eubea como si fuera un intacto ojo del huracán.

Sólo poco tiempo después llegó a manos de Agamenón una carta que no provino del servicio de espías que habíamos montado con Néstor. La carta llegó a manos de Agamenón por medio de un espía de Mopsos, general aqueo al servicio de Maduwattas, el viejo soberano de Arzawa. Mopsos decía que traicionaba al viejo Maduwattas porque éste demoraba el pago de las soldadas y ya estaba cansado de la tregua con los hititas, que le hacían mantener un bloqueo que era comercialmente perjudicial para todos. El espía de Mopsos ofrecía garantías de neutralidad en caso de una sucesión del anciano rey. Por último culminaba revelando que Palamedes le pasaba información del campamento aqueo a Príamo, que estas informaciones de los movimientos aqueos harían que Troya pudiera prolongar la guerra, al menos, hasta que la flota Troyana pudiera regresar de Chipre. Como prueba le refirió la historia de una pequeña flotilla troyana que había tenido la misión de hostigar las islas del Egeo en la retaguardia aquea, pero que no debía atacar Eubea. Eso completó la trampa, Agamenón ya no confiaba en Palamedes. Lo mandó a una incursión en el país de los amurru y cuando volvió, Agamenóm le preguntó por el botín. Palamedes dijo que sólo había capturado caballos y provisiones de cereal. Cuando de su tienda trajeron plata con el sello mitanio, su mentón dibujó una mueca de sorpresa, buscó rápidamente mi mirada y espero haber sido lo suficientemente claro, como para que entendiera que la trama de su muerte llevaba mi firma. A la mañana siguiente fue lapidado por el ejército, castigo reservado sólo a los ladrones o a los traidores.

No lo disfruté como pensaba, la imagen de sus sanguinolentos despojos no me hizo olvidar la otra imagen, la de su irónica sonrisa, mientras ponía al pequeño Telémaco casi bajo el filo de mi arado.

(1) Tonteoría, neologismo. Dícese de una teoría tonta enunciada, sostenida y defendida denodadamente por los tontos que intentan también, con el mismo denuedo, promoverla.

(2) Lo que aquí se llama Antigua Nobleza Micénica es una compleja generalización. Utilizo el término micénico para definir genéricamente a los habitantes de Grecia anteriores a la llegada de los aqueos. Micénico es el nombre que les ha dado la historia, y ponerme aquí a señalar lo erróneo del término traería más confusión que claridad a la lectura de este relato.

Postdata: Aún muerto, la influencia de Palamedes fue nefasta para los aqueos, y especialmente para mí. Su padre, el viejo Nauplio, aún reinaba en Eubea cuando los Aqueos retornamos a la Hélade al término de la guerra. La navegación de entonces era mayormente de avistaje (con la vista siempre en alguna costa) en especial para una flota enorme como la nuestra. Eubea era un punto importante en el trayecto, su alargado litoral significaba un tramo importante del recorrido de la flota. El viejo Nauplio, en revancha por la muerte de si hijo, hizo cambiar las señales nocturnas y provocó que la flota aquea se perdiera y dispersara. Muy pocos aqueos llegaron a sus ciudades, los más perjudicados fuimos Menelao y Odiseo. El primero terminó en Egipto. Yo terminé perdido en el Thalasa durante diez años más.